domingo, 20 de julio de 2014

El refajo de la señorita: acuérdate, cuerpo





Insomne, no me recupero de los estertores que me motivas y, casi agonizando, descubro que la longitud de tus piernas descansa sobre el oasis de las sábanas con un sobresalto semejante a mi agonía. No hay derrota ni abdicación, simplemente calma, cala y reposo efímero para trenzarnos nuevamente en esa contienda inacabada que pernocta por momentos en el túnel incandescentemente blanco de mis explosiones…
Juan Manuel Bonilla



El refajo de la señorita (México, 2013. Sísifo, 85 pp) de Juan Manuel Bonilla, libro de 13 relatos con un “Endenantes” de Fernando Hernández Almaraz e ilustraciones (Grabados) de Eko me ha provocado un mismo punto de partida, que tiene que ver con el aprendizaje de los sentidos que, gracias a la clandestinidad, escapa de la educación y de la moral que nos persigue después de que hacemos nuestra Primera Comunión, es decir, una vez que hemos adquirido el “Uso de Razón”.
Yo no vagaba por el Cerro de Proaño, pero sí lo hacía por los Ríos del Muerto y de los Gómez. En éste, ya casi para incorporarme a las filas preproductivas de la ciudad del Zapato, se acumulaban grandes cantidades de espuma, blancas en su cúspide, amarillentas en su parte media y de color grisáceo en su base. Ocultaban un caldo acuoso que, el Paraíso sea de los inocentes, nunca se nos ocurrió nadar. Rodeábamos esas nubes terrestres, aventábamos piedras y el líquido se resistía a dejarlas entrar y producir los patitos con que competíamos. Eran los residuos de las tenerías, ácidos que circulaban por el lecho del río una vez que habían producido las más variadas pieles.
Pero esto es el logro de una sensibilidad a contra corriente, tomar el instante en que el placer se da, gratis, fulgurante, antes de que el mundo de la cultura nos enfríe y nos castigue. El mundo de los mezquites y de las tunas, más al sur de Zacatecas la tintura y el sabor de las pitahayas. Así que a contracorriente se vive la vida, desplegando los sentidos, más en lo acústico y en lo polvoso, dice el autor, pero cada experiencia se ilumina y se filtra con esos sentidos re-sentidos y el mundo del cuerpo revive, vibra, se estira, se repliega, sin importar aquello de que todo acto puede ser pecado de palabra, obra y omisión.
Si hablamos de esa sensibilidad que es defensa y a veces presunción o canto, tenemos que indicar que las voces de los narradores cumplen esa función. De ese texto inicial “Tres cuartos de perfil” en que se tira una línea para que el lector repose sus señales de interpretación se llega otros donde más parece una estampa o un poema, textos en que la ambigüedad le gana a la referencia (“El jinete y la Sibila” y “Equilibrio”), pero no a la experiencia de los sentidos que inician un diálogo que a veces llega a lo glandular.
Hay cuentos donde se llega tarde, como “El impuntual”, no sólo a las labores cotidianas, sino a ese cuerpo que es percibido por el aroma, por las zapatillas, por las piernas y por el hombre que se la lleva antes que se nos revele plenamente, otra forma de ser sugerente y propiciar el viaje del lector.
Los hay de campanas castigadas, de no vírgenes que no tuvieron la  fortuna del mito y de cuerpos de hombre con posición y disposición de mujer, enfriados no por el sistema sino por una neumonía producto del azar y de la fatalidad.
Creo que en “Chuy Mollá” y en “Ojos negros, piel canela” se da el otro nudo de significaciones del libro, lo que le da mayor densidad. En “Tres cuartos de perfil” el narrador, del semidesierto, habla del polvo y de lo acústico más que de lo acuático. “Chuy Mollá” es un texto acuático, no sólo por el hálito y el cuerpo que se tornan líquidos, sino porque la madre del mentor le lava el pene:

Descubrió que la humedad pegajosa que él ponía entre sus manos no era la abdicación ni la derrota, sino el cetro orgulloso que aún después de la contienda pronunciaba su satisfacción con latidos como diástoles de un corazón con taquicardia. Mientras recibía en el cuerpo del pecado la absolución jordánica de aquellas aguas, él guardó silencio.

La tarea es larga, larga como la agonía, mas la experiencia es cercenada por el remordimiento; pero el remordimiento fija el recuerdo, lo repite, lo torna una agonía repetible.
En “Ojos negros, piel canela” la música acompaña el asedio de un cuerpo sobre otro. Aquí no hay tardanza ni culpa, sólo el abrumador conjuro de las fuerzas para probar una vez más que este cuerpo no raja, recuerda, se proyecta y vive la diferencia.
“El refajo de la señorita” es un poco la historia vivida del primer relato, el niño que ve las prendas, el cuerpo que sabe que eso que está allí cobija partes que le prenden, que le iluminan de fósforo algunas partes y lo demás vendrá o ya ha venido en otras páginas del libro.
Hay en ese “semidesierto” algo que permite hablar de una literatura diferente y que permite conjuntar a escritores del norte, una sensibilidad y un lenguaje que extrañan temas, espacios y temporalidad. Eso produce un tono raro, extraño, original, que yo emparento siempre con una literatura suspendida: la de Haroldo Conti. Las encuentro en algunos pasajes y perspectivas de Bonilla. Esto es sobresaliente porque veo una mezcla de generaciones en Fresnillo que hoy producen una literatura muy valiosa: agrego a los mencionados, los nombres de Juan José Macías, Gonzalo Lizardo, Arturo Burciaga, Juan Antonio Caldera, Andrea Esparza, Claudia Isela Rodarte.
De modo que estos cuentos merecen la pena de ser leídos y, una vez que hagan efecto, que cada quien se apacigüe como Dios le dé a entender.  

Cuídate de las aguas mansas



Laurel había estado observando atentamente a las palomas en su palomar y ya había visto a un par de ellas peleándose con el pico e hiriéndose en el cuello, provocando las arcadas de la otra, comiéndose los vómitos de la otra, tragándose tolo lo que ya había sido ingerido, una vez más; se turnaban. La primera vez que lo vio Laurel confió en que no lo volverían a hacer más, pero al día siguiente volvieron a hacerlo, y otras palomas las imitaron.
Eudora Welty


Laurel ha viajado de Chicago  a Nueva Orleans. Allí se ha encontrado con su padre, el exjuez Clinton McKelva y con su madrastra Fay. Éste debe hacer una consulta con el oftalmólogo. Al parecer nada de cuidado. Claro, las informaciones son necesarias, el hombre tiene setenta y un años, la hija está entre la cuarentena y la cincuentena y la madrastra es más joven que ella. También la pareja ha viajado, desde Mount Salus, Mississippi.
La hija del optimista (Madrid, 2011, 3ª reimpresión. Impedimenta, 225 pp.) gira en su primera parte en torno al viaje. Allí, en Nueva Orleans, la condición de McKelva  se irá deteriorando, pese a que su ojo se recupera lentamente, y morirá. Deberán, las dos mujeres, emprender el regreso, con el cadáver a Mount Salus. Vendrán los días del duelo y de las honras fúnebres, el reencuentro con las gentes del lugar, la presencia del pasado de Laurel. Entonces, Fay, que había dicho no tener familia, regresa a su natal Texas acompañado de un multiparlante grupo en el que se encuentra su madre.
Laurel enfrentará sola el otro viaje: al encuentro con su pasado y con sus padres. Allí también hará partícipes a los lectores de la suerte de su marido, Phil, caído en la guerra. Regresará a Chicago con seguridad, un lunes, lo dice a Fay a fin de que ésta pueda  encontrarla o evadirla en el regreso, sin alteración palpable de las aguas mansas, pero éstas han hablado y golpeado con fuerza interior a la mujer que acompañó a su madre en algunas de sus sesiones de extravío y a su padre inmerso en el vértigo del optimismo:

Pero justamente antes de morir, su mente había viajado hacia aquella casa que se había quemado y destruido por completo.
“Te llevaré allí, Becky”.
“Satanás”, gritó ella; “¡Embustero!”.
Esto ocurrió, naturalmente, en la época en que su padre había comenzado a considerarse lo que él llamaba con toda seriedad, un optimista (…)
El problema de su madre era aquella profunda desesperación que la embargaba. Y nadie tenía más capacidad para excitar aquella desesperación que la única persona a la que ella amaba desesperadamente, aquel hombre que se negaba a aceptar que ella estuviera desesperada.

En esta novela de Welty (reconocida en 1973 con el Premio Pulitzer), traducida al español por primera vez en 2009, la apariencia siempre es de tranquilidad. Apenas se entera uno de que Clint ha podido rasgarse el ojo con la espina de una rosa de su jardín (aunque después se sepa que sufre desprendimiento de retina) y nunca se dicen los padecimientos que lo llevan a la tumba.
Nueva Orleans vive el carnaval mientras las mujeres se alternan para vigilar al enfermo y la ceremonia fúnebre parece una fiesta. A esto hay que agregar la alharaca de un vecino enfermo (compañero de cuarto) del exjuez y de la familia de Fay.
En cambio Laurel se mueve con encanto en el escenario, se deja acompañar de un grupo de damas y sólo es alterada en su orden por la irrupción de un pajarillo dentro de la casa, el pájaro no sólo vuela sin rumbo, sino que además deja las huellas del hollín que lo cubre. Laurel encontrará también las cartas de la madre y eso le permitirá lo mismo el viaje que nos lleva al desencanto frente a las palomas, que a la saga familiar que arranca en los años mismos de la Secesión y aún antes en territorios de Virginia o de Carolina.
Félix Romeo, en su “Introducción” nos realza la estructura del cuento de hadas, la fascinación en los niños al suspender el tiempo. Sus personajes no están maltrechos, sólo son producto de un tiempo que no perdona, que corroe. En algún momento uno de los personajes conjunta todas aquellas temporalidades, todas aquellas voces. Y ya, la experiencia habrá entrado en él o en los lectores. Si acaso el personaje se permitirá después del reencuentro con las cartas, entregar a la mejor persona posible, a la más digna, un pequeño barquito de pizarra.
Eudora Welty (1909-2001) es una escritora representante de la mejor novelística norteamericana del siglo XX. También se le puede ver como una notable creadora del mundo sureño norteamericano, del derrotado, llevado a confortables mundos posibles. Allí estaría junto a Faulkner y a Ford, por construir una línea diacrónica. Y pertenece a una generación igualmente brillante de sureños: Truman Capote, Robert Penn Warren, Carson McCullers, en la línea sincrónica.


Sus documentos, demuestre que es un ciudadano, que está vivo




—Basta con que me demuestre que ha nacido en los Estados Unidos…
—No puedo probar nada en absoluto, ya que mi nacimiento no fue registrado.
—Bueno, pero eso no es culpa mía.
—Parece que usted duda incluso de que yo haya nacido, señor.
—Exactamente, amigo; aunque pueda parecerle una tontería. Dudaré de su nacimiento hasta que no me presente un certificado de nacimiento. El hecho de que usted se encuentre sentado frente a mí, no prueba su nacimiento.
B. Traven


El barco de la muerte (Barcelona, 1993. Montesinos, 429 pp.) narra las aventuras de Gerard Gales, un marinero norteamericano que parte de Nueva Orleans en el buque Tuscaloosa y llega a Amberes; luego de una noche tormentosa con una chica, pierde su nave, sus documentos de identidad y sus pertenencias; vagabundeará por tierra, en vista de que no puede demostrar su ciudadanía. Expulsado de Bélgica, rechazado en Holanda, cruzará por Francia, con su correspondiente episodio en París, y tendrá una estancia agradabilísima en España, en donde por fin se embarcará en el Yorikke, más por la superstición de que no puede negarse a ejercer su oficio de marinero so pena de mal presagio. De allí que caiga en la trampa que se le tiende. El tal barco no sólo da la imagen de la muerte, sino que al interior hay un misterioso reducto al que no tienen acceso los marineros, núcleo donde caen los expulsados de ese infierno cotidiano. Aún hay algo peor que el profundo noveno círculo, pues todos saben que allí está la estancia última en caso de que defeccionen o les gane la curiosidad. Se decía que 

Se trataba de los restos de una tripulación anterior que había sido devorada por las ratas. Éstas, grandes como gatos, se dejaban ver muy a menudo cuando salían de su escondite a través de un agujero que nunca llegamos a descubrir. Las ratas corrían por los camarotes en busca de comida o de algún zapato viejo y desaparecían tan rápida y misteriosamente como habían aparecido. Aquellas enormes bestias salvajes nos causaban un gran pavor, pero nunca pudimos atrapar a ninguna de ellas. Eran demasiado listas y rápidas para nosotros.

Finalmente en el Yorikke hace un amigo, Stanislav, quien también ha sufrido la peste de la burocracia, pues nació en un territorio que fue alemán y después de la guerra fue polaco. Los dos Estados, a través de sus ágiles plantígrados, le niegan la nacionalidad. Lo mantienen en el exilio obligatorio, condenado a poblar alguno de los barcos de la muerte donde se arraciman los proscritos del mundo.
Ni Gales ni Stanislav sufren la peor suerte de Paul y Kurt, ambos, muertos con piel y músculos chamuscados después de una explosión de calderas. Idean escapar, volver a circular por el mundo, desafiar al orden y a la estupidez de los nacionalismos burocratizados, no sin antes salvar su paga, que son tan reacios a entregar las autoridades del Yorikke. No les alcanza la suerte, en un paseo por un puerto son atrapados y recluidos en el Empress of Madagascar, una belleza de barco destinado a estallar, pues es mucho más rentable el cobrar el seguro que invertir en una nave que está condenada a ser restañada siempre sin posibilidad de salud permanente.
Como ciertos personajes medievales este marinero no tiene nombre, y cuando lo adquiere bien lo inventa, y lo remite a Alejandría, o bien lo deja en una especie de interjección, Pippip, recordándome a alguno de Dickens. Nunca recuperará con el nombre la fama y la gloria. Sólo la muerte conduce y retira del mundo a estos personajes, condenados a la marginación y el olvido. Sin embargo, Traven los trae al lector y con dureza condena al mundo de la productividad, de la vigilancia ideológica y de la decadencia de los intereses nacionalistas. El humor en Traven llega a ser vitriólico cuando los personajes topan con la cortina de la decencia burocrática que les niega el derecho a la vida.
B. Traven no es el escritor mejor leído en México. Gozó de singular fama entre un amplio público, aunque creo que también padeció de la desconfianza de los círculos de vanguardia. Más cuando se llegó a creer que era Esperanza López Mateos, hermana del presidente de México.
El barco de la muerte se publica en alemán en 1926 y en inglés en 1934, al parecer con ligeras variaciones que complican la definitividad de la versión. Ignoro cuál es la de Montesinos y si tiene diferencias con respecto a la edición mexicana que fue de Compañía General de Ediciones y a la muy reciente de Acantilado.
Esta novela se publica el mismo año que El castillo y un año después de La paga de los soldados, Manhattan Transfer y El proceso. La novela se ubica así lejos de los experimentos de la generación perdida, pero funciona mucho más como puente entre el castigo de Kafka y el cuarto 101 de Orwell.
Al mismo tiempo, habrá que pensar si se ha leído a Traven dentro de la tradición latinoamericana anterior a la llamada novela cosmopolita, es decir con tintes regionalistas y estructuras cercanas al naturalismo. En el caso de El barco de la muerte esta lectura es injusta y equívoca y basta su ambigüedad de origen (¿es alemán?, ¿es norteamericano?) para pensarla y explicarla con relación a la novelística que se escribió esos años y en esos países.
Aquí se respira un profundo aire anarquista, una denuncia de la sinsalida a que llevaron los nacionalismos decimonónicos y que se pusieron en evidencia en la primera gran guerra. Pero sobre todo plantea un escepticismo frente a la lógica de la Razón y a la carnicería ideológica. Los años que vinieron le dieron la razón a Traven en Europa, entre los países socialistas, en las dos Américas y en el mundo.   


La vida difícil de escritores no fáciles



En 1965 todo se complica: Ace Books, de Estados Unidos, decidió lanzar una publicación masiva en tapa blanda de los tres volúmenes de El señor de los anillos, y aquí empieza lo grotesco, sin, insisto, SIN pagar derechos de autor a J. R. R. Tolkien (…) amparándose en el hecho de que el presidente Eisenhower (…) no había estampado su firma en la ratificación del Convenio de Berna.
Santiago Posteguillo


Entre los enfoques recientes que tratan la literatura, sin duda alguna el de Pierre Bourdieu ocupa un lugar especial, porque atiende a prácticamente todas las dimensiones del fenómeno, incluyendo a los actores. Y en este caso actores no son sólo los escritores, poetas, novelistas, ensayistas. Incluye a factores fundamentales de la producción, distribución y consumo dentro del campo. De allí que aparezcan traductores, editores, correctores, agentes, editoriales, distribuidores, vendedores, quioscos, librerías, tiendas de autoservicio, bibliotecas, escuelas, premios, suplementos, críticos. Y claro, autores y obras.
Está también la relación de la literatura con otras áreas. Pensemos en territorios de bonanza. Durante muchos años se vio que la literatura brindaba material para otras disciplinas, industrias y arte. Freud, el cine y el teatro saben de esto. Ahora también tenemos que reconocer que el cine hace populares y ricos a los autores. Rowling es un ejemplo, el nacimiento puro de una autora; Tolkien es el caso de un autor que pasa del culto al consumo masivo. E incluso el poder y la raza son esenciales en el fenómenos de las memorias de Obama, las cuales no son sin duda un producto literario, pero sí un fenómeno editorial importante.
La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros, (Barcelona, 2012, Planeta, 230 pp), generoso obsequio de la viandante de la madre patria, lingüista y pata de perro, Diana Villagrana Ávila, rescata (construyéndolas) diversas historias en torno a autores, obras y condiciones de la época. Va desde el origen de la clasificación alfabética hasta el libro electrónico. Producto de un autor que sabe de las bondades de la industria editorial y del acceso al gran público, estas historias nos permiten acercarnos al misterio de la literatura y de sus protagonistas. El título es indicativo de la unión entre Cervantes, nuestro máximo escritor y Frankenstein, lo mismo producto del romanticismo en su fase propositiva que del escepticismo que se genera después del fracaso de las revoluciones y del cambio de los movimientos libertarios en sistemas.
Posteguillo nos acompaña a los trabajos de Zenodoto para acomodar los libros de acuerdo aun orden alfabético y a la fundación de la ciudad de Dublín, paraíso e infierno de notables escritores y seno de la lucha antiimperial. Vagabundea por la suerte del Lazarillo de Tormes y asedia a Shakespeare en torno a su nebulosa autoría, que de ninguna manera regatea la grandeza de la obra. Va a la cárcel y a la pobreza de Cervantes y a la ruina del más famoso escritor de novela histórica (pie del que cojea Posteguillo, autor exitoso), Walter Scott y del negro literario de Dumas, Auguste Maquet.
Si Cervantes no conoció la gloria literaria en vida, José Zorrilla hubo de naufragar varios años en el limbo de la Academia, hasta que hizo a un lado su resentimiento y se permitió hablar en verso. En la cocina del romanticismo se alían el Quijote y Frankenstein:

En la “Historia del cautivo” del Quijote, un cristiano secuestrado en un país musulmán es rescatado por una musulmana que está dispuesta a abrazar la fe cristiana desposándose con el cautivo cristiano al que va a ayudar a escapar; mientras que en la novela de Mary Shelley la monstruosa criatura creada por el doctor Frankenstein conocerá a Safie. Las conexiones entre ambos relatos son evidentes.

La ceguera de los profesionales de la industria editorial se cuenta en las peripecias de Orgullo y prejuicio de Jane Austen, mientras que Dostoievsi en 26 días limpia su vida de deudas y aporta un nuevo libro, El jugador, para la construcción del siglo de oro literario ruso. Rosalía de Castro es llevada de la mano de la oscuridad de origen a su coronación como escritora. Y Charles Dickens aprovecha su voz y sus dotes de locución para promover sus obras en los Estados Unidos.
Ni Pérez Galdós ni Àngel Guimrà ganaron el Nobel, en otros tiempos acaso se estorbaron, con el tiempo confluyeron en una esquina que forman calles con su nombre. Y está el asesinato de Sherlock Holmes a manos de su autor Arthur Conan Doyle y la reacción popular para que le volviera a insuflar vida y así fue.
En tiempos de guerra, podemos ir a la trinchera donde un tal Raymond Chandler espera el tiempo histórico en que se despedirá de una muñeca. En la otra guerra, los nazis buscan los manuscritos de Kafka. Y se los llevan. Aún hay la esperanza de que por allí se encuentren, de que la cultura le haya ganado una pequeña gran batalla a la barbarie.
Las últimas historias son las del robo de derechos a Tolkien y cómo ingeniosamente logró recuperarlos. El vuelo de Saint-Exupéry y de Solzhenitsyn.
Y la salida es la (im)posible novela póstuma de Julio Verne que aún ahora sería incómoda y despreciada en su lectura por su capacidad de predicción. Y por si alguien piensa que los escritores son finos, asista a la lista de los que han hecho de la sangre, elementos de iniciación en el acceso a la escritura.


De cómo García Márquez estuvo en la Ciudadela y no lo notaron




La conclusión del cronista [Martín Luis Guzmán] resulta inescapable: “Se había hecho todo con tal desorden y tal falta de preparación, que a no ser por la pasividad y el optimismo de las autoridades la sublevación hubiera fracasado desde el primer momento”.
Adolfo Gilly


En la historia de los absolutos en que solemos acomodar nuestros relatos, suelen esconderse o resaltarse los actos de duda, derrota o arrepentimiento. La abjuración de Hidalgo, por ejemplo. Se puede servir con esto a la historia de bronce, a la de facciones, a la explicativa o a la nueva historia. Creo que prefiero a cualesquiera siempre y cuando esté bien escrita, conserve la intriga narrativa, la convivencia de la verosimilitud y la verdad, la creación de un mundo posible.
Entre los hechos históricos más claros para el común ciudadano mexicano, quizás ninguno tan claro y tan documentado como el del sacrificio de Madero, aunque el núcleo de la frase ya lo carga. Diré más bien que hubo una vez un hombre que generó una pelotera y tumbó a un presidente que lo había sido por más de 3 décadas y luego se dedicó a crear todas las condiciones posibles para su renuncia y muerte. La historia tiene todos los ingredientes para el enaltecimiento del bronce, para la furia de las facciones, para sacar la historia al terreno de las estructuras y las explicaciones y para una nueva historia que trate de rescatar el hecho para muy diversas funciones entre las que destaca la degustativa (cosa terrible es este acontecimiento lleno de balas, asesinatos, traiciones, dobles discursos).
Madero ya había renunciado, dirán unos. Lo había hecho encarcelado, dirán otros. Con Cada quien morirá por su lado. Una historia militar de la Decena Trágica (México, 2013. Era, 198 pp), Adolfo Gilly nos mete a un singular ejercicio que bien pudo llamarse Crónica de una muerte anunciada o bien De cómo se demuestra que el escritor Gabriel García Márquez estuvo en la Ciudadela y otros lugares inconfesables durante la Decena Trágica. El libro de Gilly bien pudo comenzar. “El día en que lo iban a matar, Francisco I. Madero se levantó a las 5.30 de la mañana” o una variante más fidedigna y acorde a la condición de preso.
El libro de Gilly se enfoca en el ejército. Esa institución que defiende un orden. El problema es que es una institución heredada del ejercicio de un largo poder y se resiste al cambio. Pero el ejército mismo en las condiciones de triunfo de un nuevo gobierno está dividido. Gilly lo separa en dos figuras representativas: Victoriano Huerta y Felipe Ángeles. Para éste la solución está en la reeducación y la modernización de los soldados, el regreso a una ética elemental que salvaguarde a la patria antes que a los intereses de grupo. Para Huerta el ejercicio está en los actos, en los triunfos, en el nada detrás del enjambre de intereses sociales. Y por si fuera poco están las figuras del porfirismo: Reyes, Mondragón, Díaz.
Entre este combate al interior del que sale triunfador Huerta y el levantamiento de la Ciudadela, que le permite ser el doble agente: el principal soldado maderista y el principal interlocutor de los levantados en armas, está, por supuesto, el agente extranjero, el embajador norteamericano, entre intermediario y manejador de títeres. Están también el diplomático cubano, más hablantín que protagonista (qué importante es ahora que haya hablado-escrito su versión) y un embajador chileno que pudo haber llevado a Madero al exilio. Chile y México, 1913 y 1973, paralelos de la historia.
En este juego en el que Madero se aleja de la fuerza zapatista, aunque termina mandando a Ángeles a la zona, y en el que el propio Madero se acerca al vencedor del norte, Huerta, antes feroz atacante de Zapata, es intensa la narración cuando el presidente va a Cuernavaca y conversa con Ángeles, de hecho lo traerá a la capital a convertirse en cuidadorcillo de una batería inofensiva contra la Ciudadela, sujeto entre la bonhomía presidencial y el instinto de Huerta. Ángeles ve por la seguridad de Madero y éste por la de su familia, el camino se antoja seguro: la derrota y la muerte anunciadas. Madero hará lo suficiente para acercarlas cuando amenazan con dejarle en paz. Por lo pronto el presidente se pone en otras manos:

“Señora King, el presidente no debe quedarse en un domicilio privado. Su vida peligra. Queremos que usted lo reciba bajo la protección de su casa y de la bandera británica mientras dure su estadía en Cuernavaca” […] “Me envió con usted el general Ángeles y me dijo que sabía que usted haría cuanto pudiera por ayudarnos”.

[Kumaichi Horigoutchi, encargado de negocios de Japón] “Al atardecer de ese día la señora, los padres y las dos hermanas del presidente Madero, acompañados de sus respectivas familias y servidumbres, en número de más de treinta personas, se refugiaron en la legación de Japón”.

Huerta se va a imponer sobre su pálido antagonista, sea el militar Ángeles, sea el presidente Madero. Logrará la unidad del ejército y cuando lo alcance la derrota tendrá las habilidades para salir del país. Logrará también la conjunción de fuerzas políticas necesarias para que su golpe de Estado superviva durante 17 meses. Desde luego, el norte estará pronto a levantarse, resistir y avanzar. El sur se defenderá en la medida de sus alcances y lemas y Ángeles podrá escapar por un pelito de la muerte y tendrá el gusto de saborear tanto la petición de los militares asustados ante la toma de Veracruz y el desfondamiento de la milicia huertista en Zacatecas.
Confieso que había vivido un excelente relato del episodio en la Historia de la Revolución Mexicana de Silva Herzog, pero esta nueva trama de Adolfo Gilly con las aportaciones y desvelamiento de la historia en torno a nuestro gran mito del siglo XX no tiene desperdicio y permite una actualización de muchas cosas; en primer término, degustar un excelente relato.



Literatura, vida y dobles vínculos



Un día le obsequié un par de peinetas y me dijo:
—Ya tengo.
En otra ocasión le regalé una blusa negra y la puso a un lado:
—A  tu papá no le gusta que me vista de negro, porque es ropa de luto.
Ya mayor le llevé mi primer libro publicado y lo dejó en el buró:
—Luego lo leo.
Vicente Leñero


Más gente así (2013, Alfguara, 255 pp) no sólo continúa la labor del libro Gente así 2008, sino que parece pedir más personajes con características similares. La clave de esto está en la unión entre literatura y vida. Personas que son personajes, referencias que sólo quedarán para mí en el papel, como personajes y no como las personas que son o fueron, segmentos de vida que transitan a la ficción, ficción que se cubre con la realidad de todos los días, cotidianidad de lo excepcional, excepcionalidad de lo cotidiano.
La galería se mide en 15 puertas que Vicente Leñero construye verbalmente para que el lector se introduzca en cada una de las habitaciones para vivir una experiencia, no a la manera kafkiana de angustia, o quizá incluso esta posibilidad sin que nos pueda retener, porque nos llamará a volver al pasillo, a continuar el paseo, el acceso a esos mundos. Circulan por sus páginas Carmen Ballcells y José María Morelos y Pavón,  la primera como la promotora de escritores de mayor éxito en el mundo de habla hispana (su catálogo está coronado por Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, antes tan amigos y ahora tan renuentes siquiera a saludarse), un mundo de “posiciones y disposiciones”, dijo Bourdieu, de luchas intestinas, de independencia al interior del campo y de dependencia final del mundo del dinero. Leñero dice que ante la inaccesibilidad al mundo de la uvas, qué pena, sólo queda decir que estaban verdes. En cambio el héroe de la Independencia se muestra como hombre de su tiempo, estratega de primera, y atado al destino de una dama que se le fue con otro: se encontrarán cuerpo a cuerpo ella y él, también el seductor o el ladrón. También eso corre por la historia.
Con Frank Alexander vivimos la guerra entre iglesias en Estados Unidos, la lucha por este territorio donde lo simbólico y lo cultural se suelen anteponer a lo económico. Habrá aquí necesidad de un reciente spitfire. Después salimos del territorio de la caza y entramos al de la casa, a la huella familiar. El de las uvas verdes dibuja la figura materna, allí late el corazón desbocado de los Edipos. Se regodea en él, o se escabulle o, por qué no, se llora, entre la reverencia ciega o la cicatriz del doble vínculo. Y para enfriar la travesía, qué mejor que asistir a la lucha entre los personajes de Agatha Christie, escritora prolífica, actriz que llevó a la vida el drama de su desaparición en pleno divorcio. ¿A dónde irá herencia? No hay crimen, sí hay falta.
Don Benito, en cambio, ajeno a apellidos a identidades, pide limosna en una España donde el narrador intenta incidir sobre ajenos guiones cinematográficos. La película está en otra parte, en ese personaje que oculta un crimen y defiende a una mujer. Y si de buscar tesoros se trata, se podrá ir en pos de Eduardo Martínez Urrea, hasta conocer su desenlace en el periodismo de sangre, para culminar en la sangre de Larrea, el escritor español decimonónico, por una mujer ajena y que pide el poeta le guarde el secreto de la entrega, mientras José Zorrilla escribe unos modestos poemas fúnebres que le sirven de catapulta a la fama. Y para rematar, vendrán en pos de un tal Vicente Leñero, un tal H. J. K. que pide la aclaración de un detalle editorial en la sesentera novela Garabato.
Por si extraña la ciudad de tiros y balas, puede uno ir al calvario o al cadalso del cardenal Posadas, en el inicio de nuestra actual dieta de sangre cotidiana o más amablemente asistir a una imposible/posible entrevista con Graham Greene, y seguir con uno de los libros del inglés, uno de los llamados libros vituperadores de lo mexicano, Caminos sin ley, aunque en realidad trayendo a nosotros algo de la personalidad del exiliado español Otaola o del atormentado pintor Cantú o al fondo siempre la voz reflexiva del narrador/autor con respecto a los dobles vínculos sean maternales, sean de la representante literaria, sean de los dominadores del campo literario:

Siempre sentí, con paranoia posiblemente injustificada, que el jacobinismo de nuestro ambiente cultural durante mis primeros años de escritor me convirtió en persona non grata por católico, por mocho, por conservador. No sé si fueron razones ideológicas, más que literarias —tomando en cuenta además mi temperamento de suyo solitario— las que me hicieron a un lado.

Podremos, a punto ya de agotar las puertas, asistir a la vida de Humberto Murrieta, quien enfermo se dedica a vivir, a viajar, aunque los males lo alcanzan, lo debilitan, pero regresará a morir en su casa. U optar por la vida ansiosa de la opinión unánime del escritor Benjamín de la Garza, rico, hijo de papá, intolerante a las puntualizaciones de Rafael Ramírez Heredia y obsesionado por hacer entrar en razón al gran crítico de su tiempo, El Sapo.
Y ya nada más nos queda la puerta del amor, binomios que giran en torno al encuentro y pagan cara la osadía en una plaza mexicana de un dos de octubre que no se olvida.
Qué nos queda. Hacer lo que nos dé la gana. Regresar a cada uno de los cuartos, examinar en la habitación, preguntarnos por detalles o enigmas, darnos de cabeza contra la pared que cierra el camino o simplemente regresar sobre nuestros pasos, respirar libremente y confundirse en la vida.

jueves, 17 de julio de 2014

Estar dentro del mal y no rajarse




Francisco José Amparán
       
                                                      
Novela publicada en 1995 por Ediciones Castillo, de Monterrey, Nuevo León; datada en su escritura entre marzo y mayo de 1993, Otras caras del Paraíso es editada ahora por Almadía (México, 2012, 387 pp) en su colección Negra, con un prólogo de Julián Herbert (Acapulco, 1971). Si hemos de creer a Wikipedia Herbert llegó a Coahuila en  1989 y allí se ha convertido en uno de los escritores  que han recogido la estafeta dejada por Francisco José Amparán (Torreón, 1957-2010), autor de la novela objeto de este comentario. El dato es relevante porque una generación posterior presenta sin enconos ni falsos elogios a un escritor de una generación anterior.
Amparán se nos fue joven. Herbert señala que había escrito lo propuesto y que estaba más bien fascinado por el ejercicio del periodismo. Sin duda alguna llama la atención el que un narrador tan dotado se acercara al silencio narrativo. No sé si haya inéditos y es muy probable que desconozca algunas de sus obras, pero la presencia de Paco bajó, en parte por el centralismo mexicano y en parte por sus propias reflexiones en torno al oficio. Fue ante todo un autor arrojado en el contar. Era capaz de hacer verosímil cualquier situación que se propusiera y su tono nunca dejó de molestar por su ligereza. Esto es importante, un narrador que convence, que seduce, que molesta y hace reír.
El ingeniero Francisco Reyes Ibáñez es profesor del Instituto Tecnológico de Monterrey. Allí, además de atender a su guapa novia Alejandra, de vez en cuando se dedica a resolver casos. En este caso se trata de la desaparición de Helena (adivinaron es guapa, tanto o más que la alumna que le va a proponer el caso al profe). Como personaje, Reyes Ibáñez se mueve entre el humor de Ibargüengoitia y la ladinez del Ignatius de La conjura de los necios. No se inclina a uno u otro extremo, ya de por sí extremos, se evade, pica y huye, aplasta y seduce.
Tras la desaparición de la muchacha Otras caras del Paraíso va descubriendo las fuerzas involucradas en el hecho. Primero un patrón poderoso y seductor con una hija que es a la vez la lujuria y el mal personificados, un lío de tierras ejidales con líderes muertos, un junior interesado en el cine que retrata cabalmente la vida, especialmente si trata de muchachas carnosas en una orgía que deben señalar el linde del placer ajeno y un senador que ha de navegar con socios, con hijos malcriados y con un país que no sabe más que corromperse.
Ibáñez tiene una protectora que le da los mejores placeres y el vértigo interior que lo mueve, pero que a la vez lo torna peleonero, respondón con esos entes agresivos que son las mujeres malcriadas. Lucía es rica, hermosa, grosera, pero tiene la lujuria a flor de piel y, sobre todo, la encarnación del Mal:

Ante mis ojos estaba el Mal, aquello contra lo que tanto nos han prevenido, pero sin darnos una idea clara de cómo lo habremos de hallar. Aunque sí; en el catecismo siempre se nos dijo que aparecería como algo encantador, irresistiblemente placentero, ya más grandecitos se nos previene contra los goces que los disfrazan. Ahí estaba, casi desnudo, ciertamente irresisitible y no tuve fuerza para rechazarlo.

El lector dirá, si Jalisco no se raja, por qué yo sí. ¡Demonios a mí! Demonios, a mí.
En sus andanzas, Reyes tiene algunos premiecillos, también una que otra abolladura sobre él o sobre su escurridizo Datsun. Contará con la complicidad de secretarias, criadas, vecinas, ejidatarios para llevar a buen puerto su investigación. También deberá asociarse con el policía sobrenombrado El Burro. Allí circularán los muertos, los heridos, los asustados, los despojados y los que tanto tienen que deben tener más para que los otros no caigan en la tentación.
Reyes se regodea en el relato, le da vueltas, se toma su tiempo. No es la violencia la que le dicta el qué hacer. Es el decir el que lo va normando. El personaje femenino del principio prácticamente desaparece. Reyes lo sacrifica. No sobrecarga el relato de vueltas o de velos. Los responsables tienen nombres, los asesinatos tienen móviles precisos y las líneas de circulación entre delincuencia y poder están en circulación y pueden ser recorridos por el lector. De allí que la confusión o los hechos de sangre no sean un tapón para evadir las responsabilidades. Y los practicantes de violencia sexual con película en vivo tienen también responsables, degustadores y usuarios. Dé allí que la novela de Amparán sea una adelantada con respecto a la violencia y a la construcción de su percepción en la sociedad. Los responsables están, los mediadores están, que no vengan con que la confusión es tanta que tan sólo en decodificar un hecho nos lleve un sexenio.
Y también se adelanta en lo de la misoginia de Ciudad Juárez, en los asesinatos en serie en las calles de Torreón y del país. Amparán lo dijo antes y después seguramente de dedicó a reír de la mercantiliación de la violencia y de la caída del contar en dichas redes.