lunes, 22 de junio de 2015

Relator de la historia




Esa noche habló también Vicente Leñero. Compartió mis puntos de vista en su elocuencia fervorosa que tanto me conmueve. Su pensamiento me resultaba claro y de él he participado desde que empecé a conocerlo. Sostiene que los periodistas no somos protagonistas de la historia. Somos sus relatores, simplemente.
Julio Scherer García


Al contrario del rey Lear, los presidentes mexicanos no abdican, pues su gloria es sexenal. Tal vez se pasmen, se pandeen, brinquen enloquecidos, pero asisten a su elevación, adoración y caída. Los últimos años suelen recibir el coletazo del proceso renovador que los dejará fuera, al vaivén de la oferta y la demanda de la fama pública. Algunos se van calladitos, como De La Madrid y Zedillo, otros se aferran a una imagen mayestática, sin darse cuenta que su cabeza rueda entre las piernas de los cortesanos. Otros prenden la llamarada y se escapan por donde pueden o hablan y hablan encontrando a cada paso más palabras. Y están los que pretendiendo salir de la patria a gobernar el mundo se quedan con los dedos de las manos atrapados en la puerta. Echeverría y Salinas de Gortari soñaron con ser sujetos de exportación, uno vive encerrado a fuerza y el otro no consigue recolocar la cara en el espejo.
En algún lugar he dicho que mi educación sentimental, mi lado social, mi conciencia, se fraguó con el golpe de Estado en Chile. Creo que en lo respectivo al interior del país el golpe a Excelsior significó algo similar. Todo un poder presidencial, cierto en retirada, contra un medio de comunicación. Infiltración entre los trabajadores, compra de directivos, creación de un ambiente de violencia que culminó con periodistas en la calle y que con ellos sacó también al grupo de escritores que, dirigidos por Octavio Paz, publicaban Plural. Tras el actuar sórdido de un propio, Salinas intentó encontrar el Regino Díaz Redondo en Vicente Leñero. No lo venció.
Julio Scherer García se convirtió desde entonces en una figura pública que ponía en evidencia esa arbitrariedad del poder y esa preocupación por mantener bajo control la opinión especializada y, desde allí, a la opinión pública nacional. Scherer sale con los compañeros que se han decidido a resistir y desafía a esa voluntad perversa de manipulación y silencio.
Además del trabajo de dirección que realizará ese mismo años en Proceso y que posibilitará un reemplazo generacional en 1996, pacífico, aunque no exento de rispideces y luchas de personalidad y que en Vivir (México, 2012, Grijalbo, 133 pp.) se narra. Scherer se ha dedicado a escribir y éste es el libro más variado que he leído hasta la fecha. Todo el texto está salpicado por el verbo que da título a las remembranzas: “vivir”. Sí, vivir, hasta que el final aparezca, hasta que la mente se torne un juego malévolo de olvidos y malentendidos, así seas Presidente de la República, periodista, primera dama, viuda de un demócrata o Premio Nobel de literatura.
Evoca a su mujer, soñadora eterna a causa del cáncer, la cólera rumiante que le reitera una película donde la mutilación de seno afrenta a la belleza, a la felicidad y a la vida, sin mayor alcance que mantenerse inconforme. Y descubre para él y para el lector, ese papel angelical de ciertas mujeres solidarias, discretas, diferentes, que inyectan vida a otro, en este caso a quien escribe.
Porque también un grandote, presidente, encontró en su otoñal mujer la causa que le permitiría mantenerse siempre irresponsable y decir ¿por qué yo? ante los inquisitivos reclamos de la República. La vena de la vida se diluye cuando el melodrama llega a palacio, la  pobre secretaria pobre ha seducido al jefe, y éste debe purgar penas anteriores y amar con fidelidad y casi castidad:

Aventurero vulgar, manipulador con la política en la punta de sus botas (a patadas sacaré al PRI de Palacio Nacional), Fox actuó como si el futuro le perteneciera. Desde la primera hora de su gobierno modificó nuestro lenguaje y se refirió a los chiquillos y las chiquillas, a las mujeres y a los hombres, a ellos y a ellas. Nunca más el plural masculino que excluyera a las mujeres en igualdad con respecto a los hombres. Nada tan legítimo como el giro en el idioma cotidiano. Sin embargo, no era casual que en sus expresiones Fox exaltara el género femenino, la mujer, su mujer, la mujer que sería la Presidenta de México.

La diferencia está en ese trenzado de la vida que nos permite mantenernos firmes en nuestros ideales y sueños, a pesar de los embates de esos personajes bien frívolos, bien golpeadores. Hortencia llora a Allende, Julio llora a Susana. Así es la vida, incompleta siempre, retadora siempre.
En Vivir Scherer ve a los personajes de cerca, algunos en un trato personal, como a López Portillo, primo lejano, Azcárraga Jean, López Dóriga, Carlos Marín, Jacobo Zabludobzky, personajes de guerra en Argentina, Chile, Centro América, hombres de la droga como Mario Zambada o La Reina del Pacífico, por fin fuera de México, donde no le pudieron fincar responsabilidades. Es un mundo de intervenciones, de miradas y decisiones a favor o en contra del reportero.
Y están los personajes mencionados: Díaz Ordaz, Raúl Salinas padre e hijo, Lázaro Cárdenas, Zedillo y un hermano que salvó el cuero, según Salinas Carlos.
Está esa frontera entre los amigos que se delimita y rehace conforme se vive. Si el momento es conflictivo, es más marcado el comportamiento. Scherer ve el pulso de los colegas. Allí sin duda estará el Scherer polémico, el Scherer que López Portillo filtra en sus memorias como un hombre nervioso y a quien le sudaban las manos ante él, el Presidente. 
Éste es uno de esos libros escritos por un personaje ejemplar, en todo el buen sentido, que reivindica un periodismo que exige se le respete su trabajo, se le permita ser relator de la historia. El político, con su complejo de mosca, temeroso de los periodicazos, reacciona y ataca, chayotea, seduce y cuando no se puede descuenta, persigue, desaparece. Es la historia desde Filomeno Mata y los Flores Magón, es la historia de Posada, es la historia y la vida y si ésta se puede priorizar, vamos bien.

  


Buen lector mata carita




Miguel Ángel Asturias se alegraba de que un libro mío y uno de él estuvieran a la cabeza de los best sellers en Buenos Aires. Se alegraba pensando que se hacía justicia a dos escritores latinoamericanos. Yo le dije que eso estaba bien, pero que había algo mucho más importante: la presencia, por primera vez, de un público lector que distinguía a sus propios autores en vez de relegarlos y dejarse llevar por la manía de las traducciones y el snobismo del escritor europeo o yanqui de moda.
Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar, 17 de agosto de 1964


Julio Cortázar empieza a escribir Rayuela (nombre inicial Mandala) en 1958. La publica en 1963 Sudamericana. El primer año es el de la aparición de La región más transparente y, creo, señala la apertura de una década que mostrará en plenitud a la generación del llamado Boom latinoamericano: Fuentes, Cortázar, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y José Donoso. La región más transparente, Rayuela, La ciudad y los perros, Tres tristes tigres y Coronación (publicada en 1957, pero de lenta fermentación editorial).
De todos ellos el mayor éxito fue para Cien años de soledad y poco se debe a los grupos críticos, se forjó en las calles, en los kioscos argentinos, después de que la novela había sido rechazada por varias editoriales. El paso de Vargas Llosa fue de sorpresa en sorpresa, es difícil encontrar su mejor obra: La casa verde, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, la fiesta del chivo, El sueño del Celta. Y sin duda el atento lector estará disponiendo otro orden en franco desacuerdo. 
Rayuela apareció en junio de 1963, después de 5 años de trabajos intensos. Cumple ahora 50 años de vida. Al contrario de la novela de García Márquez que parece apoderarse de nosotros los lectores y ocultar su complejidad tras el torbellino, Rayuela implica un amplio, sostenido y azaroso ejercicio de lectura. Pide mucho del lector. Para empezar dos lecturas, una convencional y otra donde se va saltando de acuerdo a un itinerario señalado en una tabla inicial (y marcando su continuación al final del capítulo leído). En Cortázar y, en particular en Rayuela, se cumple el precepto (que, por cierto, no sé si tiene dueño) de que no hay que bajar a la literatura al pueblo, hay que subir al pueblo a la literatura. Y en esto Cortázar se une tanto a Borges, a quien no le interesaba el tema así planteado.
Era un Cortázar, el de 1963, diferente al de los cuentos y al de Los premios (1960). Rayuela fue definida como una anti-novela, como una obra abierta y ciertamente no se escapó de la incomprensión o el conservadurismo de ciertos lectores, pero encontró siempre quien supiera ver en la obra la ruptura, el desafío, los diversos niveles argumentales y la discusión que en torno a la escritura se suscita.
Alfaguara (México, 2013, 627 pp.) acaba de lanzar al marcado la edición conmemorativa de este medio siglo. Además del texto, nos entrega un conjunto de fragmentos de cartas de Cortázar a amigos, editores, lectores, entre el 17 de septiembre de 1958 y el 29 de octubre de 1972. Aquí podemos encontrar una primera mención a la novela y la conciencia del escritor frente a lo que iba a hacer.
En Rayuela mínimamente nos podemos enamorar de la Maga o ejercer la acción contraria, y supongo que las mujeres podrán hacer lo mismo con Oliveira y asistir a esas reuniones de migrantes en París, incapaces de entender la profundidad del drama de un niño que se muere y la aparente simplicidad de una madre sencilla que en realidad es paradigma de complejidad, mientras ellos sólo parecen saber discutir y en donde el sentimiento o el impacto de la tragedia se da en zonas impredecibles y no siempre en el corazón.
Decía que en Rayuela está una novedosa teoría y práctica de la escritura emparentada con la obra abierta de Eco, los ejercicios lúdicos del grupo Oulipo, Perec, Calvino y aportó una nomotesis actualizada a la literatura latinoamericana. Ciertamente pone nuevas cartas sobre la mesa de nuestra literatura, rompe con los dogmas de la militancia, a no ser que sea en la escritura, en el lenguaje y por la vida, pero a la vez se inserta en una discursividad de por sí explosiva: 1963 es el año de aparición de Raymond Roussell de Michel Foucault y es plena época de artículos de Sartre sobre el marxismo (su recopilación inicial aparecerá en 1964), de Queneau sobre la búsqueda de nuevas estructuras literarias y la nouveau roman sigue su lucha contra el sufrimiento existencial. Se podría decir que es el caldo de cultivo del 68, pero es sobre todo la existencia de un público lector que es exigente y que polemiza con la lectura y espera nuevas aventuras. Cortázar se convierte en encrucijada. Tanto de América, como de Europa, donde la literatura latinoamericana está iniciando un venturoso abordaje.
Esto me lleva a la importancia de que esta novela peleonera haya subsistido este medio siglo y que Cortázar siempre refiriera su lectura entre los jóvenes. La empresa editorial ha sufrido cambios impresionantes. André Schiffrin ha mostrado la paulatina pérdida de editores preocupados por la conservación de obras 1. Olvidadas y 2. de jóvenes escritores o de una propuesta diferente a la convencional. En los dos casos hay un riesgo de mercado y la empresa debe cubrir la casi segura pérdida de dinero. Para Schiffrin el colmo es la entrada a la industria editorial de empresas ajenas al libro y a las que sólo interesa la ganancia y para nada la conservación de un patrimonio cultural que permite la consolidación de un público lector de altas exigencias.

En este mundo de tiburones se ha movido Rayuela, durante 50 años, quizá como la piedrita que va de tiro en tiro hasta llegar al cielo, como Oliveira que vuela hacia la casilla desde su cuarto hospitalario o desde la combinación interminable que hace posible esto y no, sin que sea causa de frustración, sino de regocijo.

El ogro filantrópico y el "juguetito" de la cultura




El método de Maquiavelo es, en efecto, experimental, descriptivo, ejemplificador. Pero es, sobre todo en los casos extremos —y El Príncipe es un caso extremo—, método dedicado a afrontar conflictos.
Ramón Xirau


La semana pasada redactaba unas líneas sobre Yourcenar y su personaje Zenón en el siglo XVI en Flandes. Me he encontrado felizmente un libro que habla en buena parte de los mismos tiempos, mas entre los humanistas del sur de Europa. Se trata de Ciudades de Ramón Xirau. Peter Burke se refiere a esta distancia entre Maquiavelo y Erasmo, por ejemplo y a la artificial distancia que encubre una unidad, un enfrentamiento de búsqueda frente a un mundo indescifrable.
Ciertamente, la Reforma y la Contra Reforma marcaron el ritmo de la vida en esos años, los que recrea Yourcenar, pero en Italia la conjura fue silenciosa, el conflicto permanente y los ajustes de cuentas cosas de todos los días, Maquiavelo escribe sus obras fundamentales durante las segunda década del XVI, los años que, gracias a la literatura, ven pasar la infancia de Zenón: así en la paz como en la guerra, parodia el Padre Nuestro Cabrera Infante, así en la guerra de las ideologías o en la paz del cuestionamiento de un orden, la Europa renacentista en Brujas o en Florencia.
Pero este libro no es una novela, tampoco es un tratado, es un retador libro de viaje. El autor visita algunas ciudades italianas en la década de los 60: Florencia, Siena, Amalfi, Capri, Venecia, Verona, de allí su nombre, Ciudades. Editada por primera vez en 1969 reaparece ahora en el Fondo de Cultura Económica (México, 2011, 128 pp).
Se llega a Florencia, en el corazón de Italia, en el corazón del Renacimiento de la humanidad, se desciende a Amalfi, la ciudad medieval y las huellas pictóricas. Se desciende aún más, a Nápoles, a Amalfi y Capri, luego se cruza la península y se asciende a Venecia, para terminar el viaje en el intermedio: en Verona, el paso entre Milán y Venecia.
Ciudades es un libro deslumbrante, porque aquí el viaje es ante todo cultural, un seguimiento de las obras y las ideas de los hombres de otros tiempos y, por supuesto, de los hombres actuales que han hecho posible su conservación. También es un viaje por la naturaleza, de norte a sur, de sur a norte y de oriente a occidente, formando la ruta un signo indescifrable.
Florencia es la ciudad de

Giotto, Dante, Cimahue, Masaccio, Brunelleschi, Donatello, Maquiavelo, Boccaccio, Guicciardini, Cellini, Ghiberti…; aquí Lorenzo el Magnífico escribió poemas a la vida; aquí la Academia, deseosa de Platón y Atenas y medio hija de Bizancio fue Grecia renovadamente milagrosa; aquí una palabra, dignidad”

De aquí salieron numerosas ideas a clarificar y densificar las percepciones del mundo y del arte al resto de Europa. El regreso de Platón al centro, por otro lado siempre presente y releído siempre; el rescate de la cultura griega, los esbozos sobre la dignidad y la libertad del ser humano.
Por las calles de Florencia se atraviesan las construcciones y los testimonios de hombres en retirada de la vida circular, aislada, corporativa, en busca de algo nuevo. No estarán exentos los tiempos de la lucha por el poder y Maquiavelo nos entrega lo mismo La mandrágora que El Príncipe, la comedia donde todos salen ganando y el consejo a la oreja del mandatario en busca de un más justo comportamiento. Pero, dice Xirau, en el fondo de Maquiavelo hay la percepción negativa de la naturaleza humana, la desconfianza, el brete de pensar que todo será inútil. Y está también esa sabia idea que nutrirá el futuro: la administración del conflicto, el poder que lo mismo se empobrece en la paz, que se enriquece en la guerra.
En Siena el viajero reconoce las fronteras perennes y actuales, lo que imposibilitó la unidad antes y permite captar la diferencia dentro de la nacionalidad actual. Siena es el recinto de la escuela de Duccio, Lorenzetti, Simone, Martini, todos formadores de la escuela sienesa y a pesar de la contemporaneidad de algunos con Dante, su práctica se queda en lo medieval, mientras que éste se escapa de las delimitaciones temporales y abre el camino para el futuro.
En Amalfi el regreso se acentúa, su fundación hacia el primer medio milenio, su punto de paso y de contacto con los pueblos marinos, su Tabula Amalphitana (código marino) lleva al autor a recordar el origen de la lírica italiana en la que se practicaba en Sicilia y a puntualizar el mismo origen de ésta con la lírica toscana: la poesía provenzal y occitana.
En Capri es el mar, su preferencia por parte de los emperadores romanos, en especial Tiberio (el retroceso parece tocar fondo), los escalones fenicios, la residencia de Axel Munthe, autor de La historia de san Michelle y en este contorno en donde la naturaleza parece dominar todo lo humano, el autor encuentra una librería y compra un libro de Heidegger.
Se sube después a Venecia, de nuevo el furor renacentista, la apertura, la lucha contra la cosmovisión anclada y la que no madura todavía. El mar, por supuesto, los canales, forman parte de esta ciudad mítica incluso para los hombres más sedentarios. Xirau regresa a la pintura: Bellini, Carpaccio, Crivelli, Giorgione, Tiziano y Tintoretto. Pero de todas las ciudades, Venecia se antoja la más difícil de entender, por su naturaleza física y por lo que sus hombres hicieron, por lo que allí sucedió y por sus efectos:

Por qué fue Venecia la dueña de mares que no tocaba, tierras que no percibía, arcos del Mar Negro que, con toda lógica, hubiera tenido que ignorar? Tan sólo otro hecho me parece inverosímil como el del crecimiento de Venecia: el descubrimiento y conquista de América por españoles y portugueses.


El libro termina en Verona, con un pensamiento que lo mismo va de Catulo a Shakespeare, que de Verona a Florencia o a Venecia y que brinca de la Verona romana a la medieval, a la renacentista y a la plaza contemporánea que contiene a un autor que habla (y nos seduce y nos hace hablar) de ciudades italianas.

El viaje en tiempos de paz




El método de Maquiavelo es, en efecto, experimental, descriptivo, ejemplificador. Pero es, sobre todo en los casos extremos —y El Príncipe es un caso extremo—, método dedicado a afrontar conflictos.
Ramón Xirau


La semana pasada redactaba unas líneas sobre Yourcenar y su personaje Zenón en el siglo XVI en Flandes. Me he encontrado felizmente un libro que habla en buena parte de los mismos tiempos, mas entre los humanistas del sur de Europa. Se trata de Ciudades de Ramón Xirau. Peter Burke se refiere a esta distancia entre Maquiavelo y Erasmo, por ejemplo y a la artificial distancia que encubre una unidad, un enfrentamiento de búsqueda frente a un mundo indescifrable.
Ciertamente, la Reforma y la Contra Reforma marcaron el ritmo de la vida en esos años, los que recrea Yourcenar, pero en Italia la conjura fue silenciosa, el conflicto permanente y los ajustes de cuentas cosas de todos los días, Maquiavelo escribe sus obras fundamentales durante las segunda década del XVI, los años que, gracias a la literatura, ven pasar la infancia de Zenón: así en la paz como en la guerra, parodia el Padre Nuestro Cabrera Infante, así en la guerra de las ideologías o en la paz del cuestionamiento de un orden, la Europa renacentista en Brujas o en Florencia.
Pero este libro no es una novela, tampoco es un tratado, es un retador libro de viaje. El autor visita algunas ciudades italianas en la década de los 60: Florencia, Siena, Amalfi, Capri, Venecia, Verona, de allí su nombre, Ciudades. Editada por primera vez en 1969 reaparece ahora en el Fondo de Cultura Económica (México, 2011, 128 pp).
Se llega a Florencia, en el corazón de Italia, en el corazón del Renacimiento de la humanidad, se desciende a Amalfi, la ciudad medieval y las huellas pictóricas. Se desciende aún más, a Nápoles, a Amalfi y Capri, luego se cruza la península y se asciende a Venecia, para terminar el viaje en el intermedio: en Verona, el paso entre Milán y Venecia.
Ciudades es un libro deslumbrante, porque aquí el viaje es ante todo cultural, un seguimiento de las obras y las ideas de los hombres de otros tiempos y, por supuesto, de los hombres actuales que han hecho posible su conservación. También es un viaje por la naturaleza, de norte a sur, de sur a norte y de oriente a occidente, formando la ruta un signo indescifrable.
Florencia es la ciudad de

Giotto, Dante, Cimahue, Masaccio, Brunelleschi, Donatello, Maquiavelo, Boccaccio, Guicciardini, Cellini, Ghiberti…; aquí Lorenzo el Magnífico escribió poemas a la vida; aquí la Academia, deseosa de Platón y Atenas y medio hija de Bizancio fue Grecia renovadamente milagrosa; aquí una palabra, dignidad”

De aquí salieron numerosas ideas a clarificar y densificar las percepciones del mundo y del arte al resto de Europa. El regreso de Platón al centro, por otro lado siempre presente y releído siempre; el rescate de la cultura griega, los esbozos sobre la dignidad y la libertad del ser humano.
Por las calles de Florencia se atraviesan las construcciones y los testimonios de hombres en retirada de la vida circular, aislada, corporativa, en busca de algo nuevo. No estarán exentos los tiempos de la lucha por el poder y Maquiavelo nos entrega lo mismo La mandrágora que El Príncipe, la comedia donde todos salen ganando y el consejo a la oreja del mandatario en busca de un más justo comportamiento. Pero, dice Xirau, en el fondo de Maquiavelo hay la percepción negativa de la naturaleza humana, la desconfianza, el brete de pensar que todo será inútil. Y está también esa sabia idea que nutrirá el futuro: la administración del conflicto, el poder que lo mismo se empobrece en la paz, que se enriquece en la guerra.
En Siena el viajero reconoce las fronteras perennes y actuales, lo que imposibilitó la unidad antes y permite captar la diferencia dentro de la nacionalidad actual. Siena es el recinto de la escuela de Duccio, Lorenzetti, Simone, Martini, todos formadores de la escuela sienesa y a pesar de la contemporaneidad de algunos con Dante, su práctica se queda en lo medieval, mientras que éste se escapa de las delimitaciones temporales y abre el camino para el futuro.
En Amalfi el regreso se acentúa, su fundación hacia el primer medio milenio, su punto de paso y de contacto con los pueblos marinos, su Tabula Amalphitana (código marino) lleva al autor a recordar el origen de la lírica italiana en la que se practicaba en Sicilia y a puntualizar el mismo origen de ésta con la lírica toscana: la poesía provenzal y occitana.
En Capri es el mar, su preferencia por parte de los emperadores romanos, en especial Tiberio (el retroceso parece tocar fondo), los escalones fenicios, la residencia de Axel Munthe, autor de La historia de san Michelle y en este contorno en donde la naturaleza parece dominar todo lo humano, el autor encuentra una librería y compra un libro de Heidegger.
Se sube después a Venecia, de nuevo el furor renacentista, la apertura, la lucha contra la cosmovisión anclada y la que no madura todavía. El mar, por supuesto, los canales, forman parte de esta ciudad mítica incluso para los hombres más sedentarios. Xirau regresa a la pintura: Bellini, Carpaccio, Crivelli, Giorgione, Tiziano y Tintoretto. Pero de todas las ciudades, Venecia se antoja la más difícil de entender, por su naturaleza física y por lo que sus hombres hicieron, por lo que allí sucedió y por sus efectos:

Por qué fue Venecia la dueña de mares que no tocaba, tierras que no percibía, arcos del Mar Negro que, con toda lógica, hubiera tenido que ignorar? Tan sólo otro hecho me parece inverosímil como el del crecimiento de Venecia: el descubrimiento y conquista de América por españoles y portugueses.


El libro termina en Verona, con un pensamiento que lo mismo va de Catulo a Shakespeare, que de Verona a Florencia o a Venecia y que brinca de la Verona romana a la medieval, a la renacentista y a la plaza contemporánea que contiene a un autor que habla (y nos seduce y nos hace hablar) de ciudades italianas.

La diferencia en tiempos de ira


Pensó en Pitágoras, en Nicolás de Cusa, en un tal Copérnico cuyas teorías recientemente expuestas habían sido calurosamente acogidas por algunos y violentamente atacadas en la Escuela, y un sentimiento de orgullo lo invadió al pensar que pertenecía a aquella industriosa y agitada raza de los hombres que domestica al fuego, transforma la sustancia de las cosas y escruta los caminos de los astros.
Marguerite Yourcenar


Siglo XVI, periodo de luchas religiosas, de Reforma y Contra Reforma, de un Nuevo Mundo. Algunas de sus décadas asisten a  la ruptura interna de los nuevos lectores de la Biblia, sacerdotes sin ordenación, y a la ira contra Roma y a las rebeliones campesinas. La imprenta representa un nuevo canto alado que empapa los campos. El poder de los príncipes alemanes avanza o retrocede según la esgrima de los tiempos, pero los campesinos no sólo producen una visión grotesca acorde a su realidad combinada con la lectura individual o libre que proponía Lutero, sino que serán combatidos por los poderosos, bien de la Reforma, bien de su contraparte hispana.
En ese ambiente en gran medida idealizado por los renacentistas y por la historiografía posterior, sacralizada en nombres como Leonardo, Maquiavelo, Moro, Miguel Ángel, Pico de la Mirándola, se olvida a menudo que no basta con pegarle a la Edad Media, que en su continuidad llevaban los tiempos la marca de la sospecha y del autoritarismo. Los hombres que hablaban de cambio estaban con un pie en el Medioevo y otro en la nueva era. El individualismo, la libertad y la dignidad fueron más un tópico de estudio de los humanistas, un buen deseo, que una práctica o un estado por alcanzar.
Erich Hobsbawm se pregunta por qué la caída del feudalismo no se dio en ese siglo en que las repúblicas italianas y los hoy Países Bajos presentaron una vitalidad económica y social comparable a la del siglo XVIII. Él se encarga de la explicación económica, encuentra una serie de estructuras que hacían imposible la llegada del capitalismo y lleva eso al terreno de lo social. Yourcenar, como buena escritora, en Opus nigrum (versión definitiva de 1968. México, 2012, Punto de lectura, 444 pp.) nos da una explicación que tiene que ver con la vida y con la base material y espiritual de la época. Jamás como entonces se enhebraron la mayor santidad y la mayor diablura sin saber a ciencia a quién de los adversarios correspondía una u otra. La iglesia había sido herida, pero la respuesta no tardó en llegar y el castigo para los campesinos alemanes y conexos fue terrible.
La sospecha campeó de la mano de la curiosidad y la oscuridad apenas pudo ser entreabierta por las mejores mentes, con el riesgo de terminar en la hoguera. Zenón es el personaje que concentra a estos hombres de ciencia y de arte del siglo XVI. Va de Brujas a Alemania, Polonia, Suecia, a territorios amigos y enemigos y su pensamiento duda de lo establecido y busca los nuevos cimientos que puedan explicar al hombre. Hijo de un clérigo cercano a los Borgia y de una mujer de buenos recursos económicos, saldará su bastardez con el conocimiento, al contrario de su primo Henri-Maximilien, quien preferirá los caminos de la espada y allí se perderá sin mayor gloria.
La madre de Zenón, Hilzonde, aguantará el abandono del canónigo, pero se unirá en destino al anabaptista Simon. Sufrirán los dos el precio de los excesos del jefe de la secta Hans Bockold (o Jean de Leyde), en Müntzer y la toma sangrienta de la ciudad. Zenón estará lejos, pero la niña que ha tenido su madre se unirá en matrimonio al primo menor y así se unirán a la ortodoxia.
Zenón regresará a su tierra y otorgará una herencia a los franciscanos. Ha cambiado de nombre, Sébastian Théus, para ocultarse de la persecución dogmática y en el dispensario de la orden ejercerá el resto de sus curiosidades, siempre atento a la salud del Prior, quien reconoce en él un espíritu inquieto y curioso y sospecha que ha corrido la legua en esa enorme onda que ha cimbrado la tierra europea del XVI. Zenón permuta el movimiento por la estancia, pero sabe que en su interior se agita la pregunta y la certeza de la injusticia.

Monseñor me hace observar que en vos no existe herejía propiamente hablando, como en el caso de esos detestables sectarios que hacen la guerra contra la Iglesia en estos tiempos, sino más bien sabias impiedades cuyo peligro sólo amenaza a los doctos

De tal manera que cuando un grupo de personas se dedica a tener sexo y ceremonias libertinas, se le involucra y se le llama a cuentas, pero Zenón acude y se presenta con su nombre real. Había podido ir a Alemania donde lo reclamaban con una lectura positiva de sus obras. Sale y no llega destino, regresa.
El primer desenlace no tiene nada de heroico. Acepta los cargos y espera la muerte.
Su culpa: querer ser diferente, escribir sus preguntas y respuestas, tratar de atrapar la esencia de ese hombre inacabado, desligado de la huella acabada de Dios. Zenón tendrá que evitar la masa negra, producto de la hoguera, y darse muerte a sí mismo, ejercicio supremo de libertad cuando ésta se encontraba a merced del rumor y la superstición.

Los peores de esos monstruos que piensan de manera singular son aquellos que practican alguna virtud: infunden mucho más miedo cuando no se les puede despreciar por entero.

Decía líneas arriba que en el siglo XVI, como nunca, los adjetivos calificativos se convirtieron en deícticos. Pero Yourcenar escribe una obra en clave sobre nuestra época. Yourcenar es Zenón, la escritora en gran medida oculta tras la novela histórica en vista de la carnicería ideológica de los escritores de su tiempo y la historia misma sobre la libertad y la diferencia: los nazis, los campos de concentración en Siberia, época en que el ser diferente pudo costar la vida.  



martes, 12 de agosto de 2014

Perdimos un Dire, ganamos un extraordinario actor




En la casa del novelista Sergio Galindo, coincidieron Sandoval y Galván. Al calor de las copas el primero calificó al segundo de “teatrero de concursos”, pues se quejaba el maestro de teatro de haber sido maltratado en el concurso regional cuya sede fue Aguascalientes a mediados de la década de los años sesenta, así que cuando fue tildado de teatrero reviró llamando a don Víctor “poeta de juegos florales”.
Francisco Bernal Tiscareño


Jorge Galván. La vida de un viajante (Aguascalientes, 2012, Instituto Cultural de Aguascalientes/ CONCAULTA, 157 pp) es un libro biográfico sobre la trayectoria de este excelente actor, quien saltó a la fama con la película Por si no te vuelvo a ver, pero cuya importancia era notable desde hacía décadas bien en el ámbito de la promoción cultural, bien en el del teatro. Acaso acostumbrados a su discreta presencia y don de gentes, a la calidad de las cosas que emprendía y a la rutina que todo lo uniforma, tuvo que venir el mundo de la farándula a revelárnoslo en todas sus facetas, aunque en realidad era necesario un libro como éste de Francisco Bernal Tiscareño que nos permitiera repensar algunas cosas sobre el mundo que habitamos.
El libro es muchos a la vez. En primer lugar es un agradable recorrido fotográfico por el mundo del hombre, Jorge Galván. Aquí encontramos a sus seres queridos, la línea de su vida en deuda hacia atrás y hacia adelante, por la herencia que recoge y que deja. Aquí están también los seres que en su horizontalidad, su mujer, sus amigos, sus adversarios, que  le han permitido caminar en este universo de signos no siempre propicio, pero que siempre han visto la escuela del esfuerzo y de la videncia al alcance de la mano. Están también los frutos, los otros hijos, cargos de gestión, los libros, las obras dirigidas o representadas, su arribo al cine, monstruo de mil cabezas.
Es también un homenaje a los pioneros de la cultura. Me imagino a Jorge Galván vendiendo libros, en sus momentos libres, en un pequeño local de la Casa de la Cultura de la calle de Carranza, a la que bajé un día y me sorprendí al encontrarme El obsceno pájaro de la noche de José Donoso. Leyendo el libro de Bernal reconstruyo el momento. Así de variada tiene que ser la actividad cultural en nuestros espacios, gracias a eso podemos decir que hemos avanzado en la tarea de rescatar al arte de las agresiones de la lógica del capital y la ganancia y en la instauración de su creencia. En consecuencia, la cultura y el arte presentan ese sudor y bilis que necesitan todos los actos de la vida, aunque anteponiendo siempre la dosis lúdica que el arte exige.
Como instituciones que se deben al arte, las casas de cultura u otras de similar talante, conocen de las luchas, contraposiciones, madruguetes, errores y aciertos que todo emprendedor sabe. De allí que en un momento dado al salir del terruño el líder, se haya dado la decisión que no sólo apuntó a alguien, sino que dejó descontento a otro. ¿Cuál fue la mejor decisión? Bernal Tiscareño apunta que eran dos proyectos diferentes y que Sandoval apoyó al continuismo, frente al Galván que buscaba más bien otro tipo de difusión y vinculación entre y con la gente.

Uno era el conocido y puesto en marcha por don Víctor Sandoval; la otra opción abría nuevas perspectivas entre las cuales se privilegiaría profundizar y llevar el fenómeno cultural a las comunidades. Ver de una vez por todas a la cultura en Aguascalientes como política de Estado.
  
Asistimos así en medio del rompecabezas, tal cual yo irrumpo de pronto en el conflicto no del todo contado, no nada más a no estar dentro de la decisión, sino a ser excluido en el porvenir. Así como Paz dijo que con Vargas Llosa ganamos un excelente escritor y perdimos un mal político, con Galván perdimos un director de cultura, eso sí de uno de los estados que mejor lo habían hecho hasta eso momento, en parte gracias a él, pero ganamos un hombre de teatro, de televisión y de cine que después de la purga tenía lo mejor ante sí. Cierto, le pudo costar la vida, la enfermedad, la amargura siempre, pero lo superó y lo tenemos ahora re-contextualizado en todas partes: más y mejor, con más años y más joven que nunca. Como señala Elena Bernal:

Entonces Jorge, como un niño, que se sorprende ante todo, puede ser dirigido en un cortometraje por su nieta Violeta Carbajal o actuar junto a Martha, su hija, en una obra como Las sillas de Ionesco y permitirse jugar “El gran teatro del mundo, como diría Calderón de la Barca, sí, jugar en el teatro, por el teatro y para el teatro.

En el epígrafe se consigna el descontón recíproco y genial: asiduo a los “concursos” o a los “juegos florales”, ni siquiera al premio Nacional que Sandoval había creado. Creo que ambos personajes supieron ir más delante de ese estigma, es más, ya estaban fuera de toda sospecha, pero el choque produce el pegar donde más duele y la soledad de la práctica del arte y sobre todo su recuperación en la autoestima suele provocar esos enconos, injusto para ambos.
La tolerancia de unos a otros, así hayamos sido los mejores amigos y ahora ya no más, nos permite apreciarnos sobre todo a partir de lo que hacemos y de la calidad de nuestra tarea. Jorge Galván, sin duda, nos enseña los brincos de su ingenio, pero sobre todo los brincos existenciales que lo ubican en el menor lugar de nuestro cerebro y de nuestro corazón. Y gracias, Bernal, porque nos permites asomarnos a ese poliédrico escenario en el que en muchos nos reconocemos y entendemos que el camino por delante está difícil y la palabra queda corta.


Irás a otras tierras




Así, tras un año memorable de dolor, los calmucos fueron restaurados en sus posesiones territoriales y en un bienestar igual o quizá superior al que disfrutaran en Rusia, y con mayores ventajas políticas. Pero igual o superior, su condición ya no era la misma; su prosperidad social se había modificado, si no en grado al menos en calidad, pues en lugar de ser un pueblo puramente pastoral y vagabundo, ahora las circunstancias lo obligaron a depender fundamentalmente de la agricultura.
Thomas de Quincey


Al parecer motivado por una nota al pie de página de la Decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, seguida de una consulta del referido libro de los jesuitas en Pekín y otro del viajero alemán Benjamin Bergmann (refiere Luis Loayza en el “Prólogo”) Thomas De Quincey promete en 1830 un escrito que aparece hasta 1837 sobre la emigración de los calmucos del este del Volga, en Rusia, a la frontera china, cerca del desierto de Gobi, acaecida entre enero y septiembre de 1771. El producto se presenta como La rebelión de los tártaros (Madrid, 2005. Alianza, 103 pp.). El título completo es Rebelión de los tártaros o huida del Khan de los calmucos y su pueblo de los territorio de Rusia a las fronteras de China.
De Quincey produce una obra en que el hecho histórico existe, pero no está suficientemente documentado, de allí que imagine lo que sucedió después del asentamiento de los calmucos en Rusia, sus relaciones con el Imperio y sus intentos de ir a otras tierras, todavía con el sello de instintivo pueblo nómada, de las luchas por el poder y de las designaciones imperiales. Después dibuja la partida de las orillas del río Volga, la travesía por las estepas de Asia Central hasta llegar a China.
La obra, pues, presenta la particularidad de ser de ficción, pero ilumina sobre un acontecimiento histórico. Es un genial aporte de cómo en realidad el historiador reconstruye, imagina, traiciona, el dato para construir un relato. La intriga de este corte es lo que hace al gran relato histórico, sin negar las reglas propias de su disciplina. En todo caso, para lo que aquí importa, donde se detienen los historiadores, entran los novelistas o los ensayistas literarios a insuflar vidas, más en este caso en que la dirección de los calmucos está dividida.
Por una parte está el joven de dieciocho años Khan Oubacha, desde los catorce años Vice Khan, tradicional y cercano a las directrices del Imperio Ruso; por otra parte, Zebek Dorchi, quien se considera con más derechos y facultades para dirigir al pueblo, pero que no cuenta con la bendición de la zarina. De allí que se dedicará a construir el escenario en donde no quede más opción que la huida a China. Se apoyará en Rusia, será la pieza de mediación, pero aprovechará esto para aparentar adentro que el dominio es cruel y debe combatirse. Al interior, hará evidentes las debilidades del Khan y, en contraste, exagerará sus virtudes.

En general, le ganaban el apoyo del pueblo justamente en los aspectos en que Oubacha era más deficiente. Zebek Dorchi era de apariencia muy superior a su adversario reinante y por ello estaba más calificado para ganarse la adhesión de un pueblo semibárbaro

Dorchi trama una triple venganza contra Rusia por no estimar sus pretensiones al trono, contra su rival porque lo considera inferior y contra los nobles por ignorarlo. Cuenta con tres aliados para mantener el secreto: Oubacha, líder y rival; el Lama, por su posición religiosa y su suegro Erempel, por su liderazgo en su tribu, situada estratégicamente en torno al Mar Caspio. Ató los silencios necesarios.
Dorchi fuerza la partida. Inicia la travesía de cuatro mil millas. A la mitad del camino han muerto 250 mil almas, son perseguidos primero por los cosacos y después por los militares rusos, a quienes se agregan los enemigos naturales: kirghizes y bashkirs. Logran aprovechar las circunstancias y seguir adelante. Pero en un momento del avance, justo después de que todo indica que regresarán a pedir clemencia a Rusia, Oubacha está a punto de ser asesinado y es salvado por un ruso que permanecía prisionero y a quien el Khan le había proporcionado los medios de huida. Receloso de la suerte del jefe, a partir de un indicio en su relato, sospecha que será asesinado y se mantiene cerca de la celada, de tal manera que lo salva.
Después De Quincey acelera el relato, condensa las dos mil millas restantes, hace salir a los sobrevivientes del infernal desierto de Gobi y, cuando están a punto de llegar a la tierra ansiada, al agua vivificante, son atacados con furia descomunal:

De pronto las aguas del lago se tiñeron de sangre por todas partes; aquí corría una partida de salvajes bashkirs tajando cabezas con la rapidez de un segador entre las mieses; allá los calmucos inermes ceñían en un abrazo mortal a sus odiados enemigos, ambos con el agua a la cintura, hasta que la lucha o el puro agotamiento los hundía y se ahogaban el uno en brazos del otro.

Llegarán a destino, previo auxilio de las tropas imperiales. Y Oubacha habrá de captar la benevolencia imperial y en cambio Dorchi morirá violentamente. El dubitativo Khan tendrá ahora las condiciones que permitan que su pueblo lo valore en sus cualidades más propias para desarrollar una cultura y empapar con sus características la nueva tierra.
Si los serbios de Migraciones llegaron a Rusia a desencantarse del sueño de siglos y sirvieron de carne de cañón y de escarnio en la nueva tierra, en La rebelión de los tártaros De Quincey muestra la fuerza del hombre, la transhumancia y la sedentarización, la habilidad de los individuos que mueven pueblos para lograr sus ambiciones, la sapiencia de los conservadores que son adelantados, porque en mejores condiciones son magníficos líderes, la convivencia de las contradicciones y el triunfo de los sueños, así éstos sean de los conductores de pueblos.