viernes, 18 de abril de 2008

Puertas

A Juan Carlos Pinto Márquez

En la Mansión del Alma vagan las Pasiones
—bellas mujeres cubiertas con sedas
y coronadas de zafiros.
Desde la puerta de la mansión hasta lo más recóndito
De todas las estancias se enseñorean. En la mayor
—la noches en que hierve la sangre—
danzan y beben con los cabellos al viento
Constantino Cavafis[1]

La puerta se cerró detrás de ti
y nunca más volviste a aparecer
dejaste abandonada la ilusión
que había en mi corazón por ti
Luis Demetrio



Puerta/literatura
La literatura es algo más que letras. Es algo más que referencialidad; de hecho, es su suspensión. Es algo más que libros. Es provocación a la sensibilidad y al cerebro. Es un umbral a mundos posibles y a mundos reales. Es un juego interesante y siempre lleno de sorpresas, de ires y venires. Imposible delimitarla del todo; además de empobrecerla, el vano intento nos rebasaría sin remedio. Las letras van una a una, frente al lector, forman palabras, después oraciones, párrafos; del eje sintagmático se pasa al paradigmático: selección y combinación, combinación y selección, la actuación pica y huye amparada en la competencia; se borran los caminos de la tinta y llevan a lo representado: no al mundo exterior, al mundo construido, a la nueva referencia ahora sí, desde la letra: olores, recuerdos, caricias, personajes, miradas de pasión, casas, exquisitos platillos, amores, declaraciones letales, odios, lances, asesinatos, traiciones, besos, reverencias, lealtades, despedidas, bufones, tiranos, ceremonias, costumbres, leyendas, ritos, cobran vida.
¿Podemos negar la realidad del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de la dolorosa orfandad del Pip de Charles Dickens, del cuerpo destrozado de Ana Karenina después del paso del tren, de las sorpresas recurrentes de Las Ciudades invisibles de Calvino o la joroba del triste enamorado de Notre Dame? ¿Podemos negarle viabilidad a la visita al infierno existencial y etílico, más allá de Cuauhnahuac y los volcanes, de Geoffrey Firmin en Bajo el volcán, a la vida hecha bicho de Gregorio Samsa o al deseo de conocer al padre y cobrárselo caro de Juan Preciado? ¿Podemos olvidar el crujir del esqueleto de Polonio ante la inflexible espada de Hamlet o el tronar de los huesos de difuntos frente a la cercanía de la lluvia en Pedro Páramo?
Desde mi limitada perspectiva, por ejemplo, en el cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, se sintetizan el mundo real y el mundo posible. Primero el autor parece separarlos: el cotidiano, real (así sea literario), movimiento se acorta porque varias partes del hogar han sido tomadas con constancia: es la enigmática amenaza y el tortuoso avance del mundo posible. Pero éste copa del todo al personaje y sólo le queda abrir la puerta para escapar del territorio expropiado, despedirse de lo que ha sido —al menos eso creía— suyo, deshacerse de las llaves y caminar en busca de rumbo.
La pregunta es: ¿en la calle está dentro del mundo real o dentro del mundo posible? Una pregunta más: ¿el avance del mundo de la nada sobre el reino de fantasía, en La historia interminable, pertenece al mundo real o al mundo posible? En todo caso, la paradoja nos alcanza: el mundo posible se ha convertido en mundo real. O como ha dicho Mario Vargas Llosa, el mundo más inverosímil y mentiroso (mundo posible) puede llegar a ser el más verdadero (mundo real).
Recuerdo y recupero ahora, gracias a la generosa labor compiladora de Edmundo Valadés,[2] la importancia de la puerta en el cuento “El banquete funerario”, del escritor turco Cevdet Kudret (Estambul, 1907). El aguador ha resbalado y caído, ha muerto y ha dejado a la esposa y a dos hijos en la extrema miseria. El futuro y el presente se cierran como una puerta sin contorno. Del pasado llegan los días pobres y, sin embargo, felices en que el agua era un sustento y daba solidez a la familia. En un arranque de tierna rabia, la viuda se queja de no haber robado un poco más del vital líquido cuando la contrataban para lavar ropa
De la calle en que viven y de la cual han vivido, tanto el hoy hombre muerto como la esposa, se pasa al espacio en donde se celebran las exequias. Del mundo líquido del agua que les ha servido para sobrevivir y que les ha juzgado esa trastada, se arriba a la sequedad de las consecuencias de la tragedia.
Después viene el encierro, el recogimiento obligatorio. La pena impera, hay que sufrirla, hay que purgarla. La acción transcurre con una puerta de por medio. Detrás de ella está la familia que ha perdido el soporte. Los primeros días llegan los platillos, no hay problema, alguien piensa por ellos.
Después el desgaste avanza, se limpia la despensa, se vacían los bolsillos, viene la espera de que se abran las puertas vecinas con las ricas viandas que, siguiendo la tradición, además de borrar las diferencias sociales, reconcilian con la vida o, según se vea, obligan a existir mientras se retoma el ritmo con la pena encima; afuera está el tráfago sin descanso y las reglas absurdas. Como aquella —quizá tan absurda como la de enviar alimentos— de que no es propio que la viuda trabaje en esos días de luto, no es sensato ni decoroso que se le distraiga de su pena.
Así, en el aislamiento auto-obligado y/o obligatorio, los cuerpos son sometidos y la puerta trae los ruidos de los otros, pasos, voces, los magnifica; mete y saca olores, aromas de dos mundos; introduce vientos de la calle y recoge tempestades mentales; permite en sus rendijas el paso de la luz, interrumpido por el movimiento de los hombres y es la luz también lo que se eclipsa, la bujía interior. Luz y oscuridad: el acertijo. Es un nuevo pulso, más cercano a la latencia que a la normalidad vital.
Si detrás de la puerta la muerte se acerca y por lo tanto la vida está en litigio, transformada la casa de rutinaria cobija en potencial sudario y sarcófago, delante de esa misma puerta está la vida. Alguien dirá es un simple (a)según: adentro con la vida en peligro de muerte; afuera con la muerte en vida.
Dos sucesos son fundamentales. De uno se sale en apariencia, del otro no. En éste los dos niños oyen venir al vendedor de pan, imaginan esa masa sabrosa, vaporosa, reparadora. La madre también lo percibe. No hay dinero. La mujer idea una estratagema para dar una tregua a su apetito y al de sus críos. Podrá pedir fiado, podrá con el simple mostrar su dolor y su estado (todos lo saben, todos lo comparten), conmover al dueño de ese producto salvador.
Todo consistirá en abrir la puerta, salir, interceptar, hablar, sorprender y una amplia variedad de panes estará en sus manos y prontamente en la boca de sus niños y en la propia. Debe esperar el momento propicio, el único en que obtendrá la presa de trigo. Así se agranda el ritmo y el pregón del comerciante, hasta llegar a igualar los latidos del corazón, los suspiros, de la viuda.
Llega el instante, no se detiene, y pasa y se aleja con vértigo. No se ha atrevido a abrir, a pedir. El pan escapa con todo y aroma, suavidad y esperanzas. Es la primera vez que la puerta se constituye en un obstáculo para salir y por ende para la salvación y deviene en inicial entrada al sepulcro de los vivos.
No se da por vencida, por ardides no para. Tiene que cumplir con la labor de madre y padre a la vez. La misma puerta se abre y se cierra para que el hijo mayor salga, en medio de un tiempo de los mil demonios, a pedir fiado a la tienda. Ahora ella no duda, da claras instrucciones. El que titubea es el niño: se ha apoderado de él el complejo de culpa, el peso de la vergüenza al pedir, la tapia de la conciencia que condena antes de tiempo. Aún ganan los escrúpulos sobre los instintos: la mísera victoria de la cultura. Se apena, pierde la ya de por sí escasa confianza y en lugar de obedecer la estratagema materna inventa una mentira: se le ha olvidado el dinero.
El tendero no se conmueve, aunque sabe su tragedia (todos la saben, todos la comparten, todos la respetan, pero el negocio es frío, no sabe de esas cosas. La tradición tiene sus cauces y ahora corren con sus claros límites). También aquí ganan los escrúpulos sobre los (buenos) instintos. La pena ajena es menor que su ganancia de comerciante. El hijo cruza dos puertas. O más bien tres, porque la última, sólo para él, es la de la enfermedad y la muerte.
En realidad abre una cuarta puerta que no lo incluye, la de la tregua. Aún frente al muro sin salida se abre una pequeña salida, acaso el agujero para un roedor. Como Moisés, no verá la tierra prometida, pero al menos trabajará para que madre y hermano caminen hacia ella.
Lo dice el niño más pequeño con crudo realismo: ¿se morirá mi hermano?[3] ¿Nos traerán comida de la casa rica?, ¿volverán en esos días de muerte, luto y llanto, los más sabrosos bocadillos de la casa elegante del vecindario? ¿La adecuada administración de los recursos permitirá sortear la tormenta y arribar a cielo claro o es tan sólo la desgracia que juega al gato y al ratón con sus víctimas?
El cuento está lleno de paradojas (el mismo título es una muestra: banquete funerario: vasta, exquisita, comida de muerte o la muerte como alimento delicioso), pero la puerta se abre y se cierra en torno a los personajes. Una vez que la desgracia cae, los hechos se agravan. No hay alternativa, es cosa de días. Quizás la astucia o la costumbre permitan a los personajes escapar al final definitivo y tener un periodo de gracia para dar la lucha. Después de todo el mundo posible se presenta como más real: sobrevivirán. Cierto, intranquilo lector, no sufras; osado escribano, no sudes: seguirán en el mundo. En todo caso cerremos la puerta con premura, suspendamos el peso de ese mundo sobre el elctor: sólo se trata de un cuento. Para colmo es de un turco.
Jorge Luis Borges habló de senderos que se bifurcan siempre; imposible estatizar, reducir el viaje a una sola opción. Franz Kafka modelizó en América un pasillo con puertas cerradas, inquietantes.

Karl tuvo que proteger la llama con la mano, deteniéndose además a menudo para que se recobrara la llama sofocada. Avanzaba lentamente, por lo que el camino le pareció doblemente largo. Karl había pasado ya por largos trechos de paredes que carecían totalmente de puertas; no podía uno imaginarse qué había tras ellas. Luego sucedíanse las puertas una tras otra; trató de abrir varias, pero estaban cerradas.[4]

En ambas situaciones impera el criterio de la selección. La literatura no simplifica el camino, nadie aprende en el andar del otro. Además, nada es fácil, todo implica una actividad y una decisión. Al final de cuentas pasar del mundo real al mundo posible, y la literatura lo pone de manifiesto, es cosa lúdica, el tronar de dedos del hada o el tenebroso, azaroso, girar de la rueda de Fortuna.
¿Cuál es la importancia del mundo posible? Una realidad que está más allá del yo y de la colectividad, una puerta para acceder a otros espacios. Está en la realidad mental, en nuestros vagabundeos por las posibilidades más extremas; pero sobre todo en esa realidad de palabras que es la literatura, que permite ser puerta de entrada o de salida a la redención de la existencia. Lo mismo el mundo nos persigue y buscamos la calidez detrás de nuestra puerta, que el pequeño universo del hogar se convierte en prisión, antesala de la muerte.

Puerta/historia/ciudad
A escasas horas de que el sol cayese el viajero podía ver calmados sus temores ante la ciudad amurallada y una o varias puertas. El miedo era mayor si el desplazamiento era casual, disminuía en los viejos tiburones de tierra. Tan a la vista y aún tan lejos. Allí había refugio u hogar:

El nombre latino, Monasterium, hace pensar en un lugar de paz y retiro del mundo.
Münster, por el contrario, pide ser marcada a fuego.
Nueve puertas para entrar. En cada una de ellas tres cañones: paredes gruesas, pasos estrechos.
Cuatro torreones bajos y macizos sobresalen hacia los cuatro puntos cardinales para ceñir a modo de avanzadilla la ciudad.
Unas murallas que pueden ser recorridas por tres hombres uno al lado del otro la ciñen enteramente.
El agua del foso es el curso desviado del río Aa que divide en dos la ciudad.
El foso es doble, agua negra delante del primer cerco de muralla y agua negra detrás, salvada por unos puentecillos que dan acceso al segundo cerco, éste más bajo, caracterizado por una torres chatas.
Inexpugnable.[5]

En algunos periodos de predomino rural, los castillos se convirtieron en fortalezas que eran verdaderas ciudades. Fuera feudo o ciudad el destino, durante la jornada el caminante había imaginado las posibilidades y siempre aparecían como final los rostros conocidos u hospitalarios, la calidez de la posada, los leños, el líquido que limpia, el alimento que nutre cuerpo y alma y un lecho reparador. Pero detrás de todo estaba el miedo a la rapiña (unas veces era la naturaleza, otras era cosa de hombres), a lo inesperado y el terror a perderse y quedar a merced de algún misterioso personaje. Había que darse prisa. Era sabido que durante la noche el acceso al cobijo era imposible:[6] allá y la suerte del infortunado viajero que se pusiera al alcance del mismo demonio. Se trataba de puertas físicas, no de las del corazón. Después la ciudad se abrió, aunque en muchos lugares ante el avance de los enemigos o de las bestias se mantuvieron los accesos controlados.
El mar también tenía sus refugios, sus descansos. Pienso en y rememoro la ciudad de Campeche y su Puerta de Tierra. El puerto y la puerta. Por lo general dos brazos de tierra se abrían ante el viajero, espacio donde la bravura del mar amainaba, muñones desde donde se podía controlar las entradas y salidas de barcos. El mar por fin topaba con vegetación, con montañas. El suelo era propicio para la entrada ligera de los marinos. Con la riqueza vinieron los piratas, los asaltantes y la ciudad hubo de tomar providencias, no contra los caminantes de tierra adentro (eran harina de otro costal), sí contra los que seguían la senda del cisne. Se levantaba la muralla, la defensa y, por supuesto, la puerta, otra vez la seguridad y el descanso.
Más acá, dentro de la ciudad moderna, la desdivinizadora, con todo y sus mixturas, cerradas por la noche, las puertas permanecían abiertas en el día. Aún nos tocó la gentileza de los pueblos con calles estrechas y puertas abiertas. En algunas casas señoriales la puerta principal estaba sin cerrar y dentro había un cancel. Entre ambas aduanas el viandante podía descansar o aliviarse de los rayos del sol. No era raro que la gente pidiera agua y en algunos casos se podía disponer de una tinaja de barro cubierta con una tapadera y una olla para el peregrino. Podía haber contacto o no con los habitantes de las casas. Las puertas estaban ahí disponiendo el suave ritmo de la vida y dejando salir los aromas de alimentos y sustancias procesadas en el seno del hogar. Por la noche, las puertas se cerraban y cada quien provocaba al destino y corría su suerte si caminaba por las calles.
De Guanajuato, ciudad de prosapia, conservo dos recuerdos en torno a las puertas. El primero se refiere a una particularidad, por lo menos del barrio de Salgado (frente al penal y frente a la Alhóndiga de Granaditas, ella misma con una puerta histórica y/o legendaria). Los baños estaban a la entrada, de tal manera que no era raro que una hoja del zaguán se abriera para cubrir al personaje que despejaba el cuerpo. Suelo recordar esas sesiones en que mi tía o mi abuela, su hermana, conversaban de los recientes sucesos de sus vidas, de los lejanos tatuajes de la infancia, mientras una de ellas se escudaba tras una de las hojas de la puerta. Extraño espacio en donde se podía escapar de los oídos policíacos dentro de la familia. Por lo demás no era un capricho, ni un ejercicio de extraña gimnasia, tenía que ver con la falta de cañerías de la ciudad. De pronto dejaron las fosas sépticas (en algunos casos era imposible perforar el cerro) y se conectaron a las aguas negras que pasaban por el frente de la calle y que poco a poco fueron cubiertas con losas resistentes que, no obstante, dejaban oír debajo un sonido de aguas en fuga.
El otro recuerdo aún persiste, así se haya estrechado cada vez más. La Central Camionera cierra sus puertas alrededor de la media noche e impide la entrada y salida de viajeros por ese medio. Se trata de una puerta invisible, retén relativizado por autos y taxis, materializada dentro de mi vivencia en las puertas de madera de la vieja central.
Por último, he de decir que soy de una ciudad que tiene un arco triunfal coronado con un león. Se trata de una simbiosis o de un sincretismo, no sé cuál sea la palabra adecuada. El primer motivo es evidentemente épico, aunque no se refiere propiamente a un ejército triunfador. Es en conmemoración de los héroes de la Independencia aunque en él se han subsumido diversas intenciones. El segundo es mera presunción y tiene que ver con el nombre de la ciudad. Total que, a reserva de ser grosero, se trata de un recibimiento amable. El edificio es de cantera y no tiene gran valor arquitectónico; sin embargo, habrá que decir que es de lo mejorcito en una ciudad que se encargó de borrar sus mejores huellas en edificios públicos y particulares. Para las nuevas generaciones, dudo que represente algo que vaya más allá de un distintivo o un parque de aventuras. Para los cuarentones (y más) es el símbolo de la salida de y la entrada a la ciudad, es la puerta. Es probable, incluso, que los de mi generación hayan perdido la memoria y hayan sujetado sus referencias a la ciudad a los nuevos límites, pues el Arco ha quedado en la zona centro.
Yo no he perdido la memoria, lo juro, así sea sesgada.[7] Al fin exiliado voluntario de esa ciudad, de vez en cuando me repliego de mis quehaceres e imagino aquel plano de la infancia en que el castillo medieval tenía su salida por ese arco de triunfo. Lo más curioso es que la puerta existe más allá del edificio. La abro y viene a mi mente la infancia, la ciudadela breve. La cierro y me descubro viviendo en una ciudad con tantas puertas que me llevan a otra con tantas puertas que me regresan a esta otra ciudad en que hoy escribo.
Se pueden recorrer las ciudades y reconocer en sus edificios su edad y su linaje. Se pueden conocer sus miedos y en sus confianzas. Así como de pronto se juzga el desarrollo de una ciudad por sus rascacielos y calles pavimentadas, se puede uno pasar viendo sus puertas. Detrás de ellas está el tiempo, ya no la realidad que encerraron.
Es curioso, aquí se parte de una realidad real, pero su contenido sólo se podrá llenar con el mundo posible.
¿Dónde estuvo la primera puerta zacatecana?
¿Desde qué puerta se llevó a cabo el primer acto de espionaje a costa del vecino?
¿Qué hubo detrás de esas puertas?
¿Qué lágrimas, qué sonrisas se estrellaron en la dureza de la madera como los deseos de los personajes de “El banquete fuinerario”?
¿Cuál fue la puerta que el Pípila quemó?
¿Qué puerta, más matrera, se abrió o se cerró aquel aciago día para el Intendente Riaño?
¿Qué puerta invisible le impidió a Hidalgo avanzar sobre la ciudad de México?
¿Qué puerta le cerró Porfirio Díaz a García de la Cadena, de modo que lo metió de lleno a la otra historia?
¿Qué puerta derribó el bazukazo de los vándalos en aquel troglodita año de 1968?
¿Cuál es la puerta de Zacatecas?
¿Cuáles son mis puertas, aquellas que me ligan a la literatura, a la historia, a la ciudad y a la vida?

Puerta/vida
Trasponer la puerta. ¿Se entra? ¿Se sale? Salir a la calle, salir de la ciudad fortificada, llevando a la ciudad consigo, con sus fortalezas y flancos débiles. Allí quedan las puertas en territorios amados, resguardando la vivencia.

Ayer cuando paseaba por mi barrio
alejado del centro, pasé bajo la casa
donde solía ir cuando era joven.
El amor había poseído allí mi cuerpo
con su maravilloso poder.


Y habrá puertas que se abren, como manos cálidas o puños fieros, como brazos, como regazos o cadalsos, ciudades que encandilen y en sus entrañas nos den la oportunidad de la vida o de la muerte.


Y ayer
Mientras andaba por la vieja calle,
de repente se embellecieron por la magia del amor
las tiendas, las aceras, las piedras,
y muros, balcones y ventanas,
nada quedó allí como antes era.


Recurro ahora a la película Expresso de media noche. El preso ha matado a su carcelero. Lo que comenzó como una aventura juvenil que rayaba en la broma y se ha prolongado como una pena en la cárcel está a punto de desenlazarse. En el encierro, al borde del abismo, a casi nada de perderse entre la masa proscrita, aquella que da vueltas y vueltas sin cuestionar ni el giro ni el único sentido, resguardado por puertas y más puertas, el hombre ve en la los senos de la novia la otra puertecilla, la de la esquina velada del tejido divino. Al salir a ver esa parte grandiosa de la amada, le vuelve la sangre al cuerpo, la vida al alma. El norteamericano en Turquía, con las ropas de su víctima, camina hacia la puerta por donde salen los guardias. Alguien lo llama. El asunto ha terminado. Él voltea, sabe que la cárcel retornará más feroz. Sin embargo, lo protege la penumbra de la última parte del pasillo. No lo quieren detener, lo ayudan, le lanzan el llavero para que pueda abrir la puerta. El personaje de hombros encogidos se encoge más, luego va por las llaves que han caído unas gradas arriba, las levanta, se dirige a la puerta y abre. Afuera, con el deslumbramiento de la luz plena, tiene otro problema, un carro militar se dirige hacia él; no, es sólo que pasa junto a él. Es una puerta más que traspone, después vendrá la frontera y la entrada a su país. Por lo pronto, el hombre salta de gozo.

Y mientras permanecía y miraba la puerta,
y en pie me demoraba ante la casa,
todo mi ser se abrió a la placentera
y sensual emoción entregándose.[8]


Las puertas de mi cuerpo y las puertas de mi alma: el brinco de etapa en etapa de la carne (el trauma en cuarentena, el deseo que llegó para quedarse y buscar satisfacerse plenamente), puertas que se abren y se cierran. Las puertas de la casa, espacio que cobija y que expulsa. Las puertas físicas y psíquicas del amor, un recuerdo y una caricia a la desesperanza. Las puertas de la ciudad querida, renegando de ella dentro, añorándola desde fuera. Las puertas de la historia: el caber o no caber con el suceder de héroes y dinastías. La siempre puerta sólo para encontrar otra puerta siempre.



[1] C. P. Cavafis, Poesía Completa, 4ª edición, Alianza Editorial, col. Alianza Tres, núm. 93, Madrid, 1997, p. 264.
[2] Edmundo Valadés (Compilación), Los mejores cuentos del siglo XX, PROMEXA, col. Las grandes obras del siglo veinte, México, 1979. pp. 455-463.
[3] “—Porque entonces nos mandarán comida de la casa blanca”: Idem, p. 463.
[4] Franz Kafka, América, Alianza Editorial/ Emecé, Libro de bolsillo, núm. 344, Madrid, 1971, p. 75.
[5] Luther Blisset, Q, Mondadori, Literatura, núm. 142, Barcelona, 2000, p. 249.
[6] Jean Delumeau, en su libro El miedo en Occidente, Taurus, col. pensamiento, Madrid, 2002, pp. 9-10, nos habla de una puerta especial para después de la hora. Conviene, pese a lo largo de la cita, reproducir el texto intercalado con observaciones de Michel Montaigne: “Durante el siglo XVI no se entra en Augsburgo fácilmente de noche. Montaigne, que visitó la ciudad en 1580, queda maravillado ante la ‘falsa puerta’ que, gracias a dos guardianes, filtra a los viajeros que llegaban tras la puesta del sol. Éstos chocan primero con una poterna de hierro que el primer guardián, cuyo cuarto está situado a más de cien pasos de allí, abre desde su alojamiento gracias a una cadena de hierro que, ‘por un fuerte y largo camino y muchas vueltas’ retira una pieza también de hierro. Una vez pasado este obstáculo, la puerta se cierra de repente. El visitante franquea luego un puente cubierto situado sobre el foso de la villa, y llega a una pequeña plaza donde declara su identidad e indica la dirección en que ha de alojarse en Augsburgo. Con un toque de campanilla, el guardián avisa entonces a un compañero, que acciona un resorte situado en una galería próxima a su cuarto. Este resorte abre primero una barrera —siempre de hierro—, luego, mediante una gran rueda, dirige el puente levadizo “sin que de todos esos movimientos se pueda percibir nada: porque se guían por los pesos del muro y de las puertas, y de pronto todo vuelve a cerrarse con gran estruendo”. Al otro lado del puente levadizo se abre una gran puerta, ‘muy espesa, que es de madera y está reforzada con diversas y grandes hojas de hierro’. El extranjero accede por ella a una sala donde se encuentra encerrado, sólo y sin luz. Pero otra puerta semejante a la anterior le permite pasar a una segunda sala en la que, esta vez, ‘hay luz’ y en la que descubre un recipiente de bronce que cuelga de una cadena. Deposita en él el dinero de su pasaje. El (segundo) portero tira de la cadena, recoge el recipiente, comprueba la suma depositada por el visitante. Si no está conforme con la tarifa fijada, le dejará ‘templarse hasta el día siguiente’. Pero si queda satisfecho, ‘le abre de la misma forma una gran puerta semejante a las otras, que se cierra bruscamente cuando ha pasado, y ya le tenemos en la ciudad’. Detalle importante que completa este dispositivo a la vez pesado e ingenioso: bajo las salas y las puertas se halla preparada ‘una gran bodega capaz de alojar a quinientos hombres de armas con sus caballos para enfrentarse a cualquier eventualidad’. Llegado el caso se les manda a la guerra ‘sin el sello del común de la villa’”.
Precauciones singularmente reveladoras de un clima de inseguridad: cuatro gruesas puertas sucesivas, un puente sobre un foso, un puente levadizo y una barrera no parecen suficientes para proteger, contra cualquier sorpresa, a una villa de 60,000 habitantes que es, en esa época, la más poblada y rica de Alemania.
[7] “Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje como otras ciudades memorables una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de las calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista corre por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar ninguna nota”, Italo Calvino, Las ciudades invisibles, 2ª reimpresión, 1995, Minotauro, p. 26.
[8] Constantino Cavafis, Poesías completas, 19ª edición, 1ª reimpresión, 1997, Hiperión, col. Poesía, Madrid, p. 103,

Hey negro, ¿dónde estás?

Infausta labor, digna de zopilote o de buitre, hacerse presente en los decesos. Qué se les va a hacer. Se nos ha ido Aimé Césaire, el autor del grandioso poema "Cuadernos del retorno al país natal", editado en nuestro país, hace muchos años, por editorial Era. Las voces de la negritud. ¿Por qué no se reedito tan magna obra? Pasó de moda el tema, aunque no el autor, pues propiamente no estuvo de moda. Fue. Como Senghor, como Guillén. Rompieron las barreras de la raza y del racismo, abolieron los adjetivos en torno a la poesia. Césaire, desde Martinica supo amplificar y plastificar en nuevas rutas al francés y hacer legible la tragedia del hombre, su búsqueda de identidad y de raíces. En su voz se reconcilia el drama del negro, es cierto, pero sobre todo el drama del hombre: el periplo donde lleva su entorno y el regreso donde encuentra otra cosa y se extraña a sí mismo, no sólo por el cambio del terruño, también por el cambio de sí mismo. ¿Dónde estás, negro? Aquí entre nosotros, aunque seguramente habrá que releerte. ¿Dónde estás, Amé, Cesaire, en la lucha de los discursos?

lunes, 18 de febrero de 2008

Tragos gratis para todos en La casa de citas

Me entero por la prensa que Alain Robbe-Grillet ha muerto. Y pienso que las dos últimas veces que he decidido insertar texto en el blog es por motivos fúnebres. Curiosamente son escritores que tienen nexos: Jalieta Campos y Alain Robbe-Grillet.
En épocas en que Sartre era un demiurgo y un sacerdote que dictaba las características del campo literario francés, con el desgarramiento y la condición del hombre por delante, Robbe-Grillet aludió al poder del discurso y a la negación de la forma. Así se escurría del melodrama francés que endiosa a la inteligencia y nubla el entendimiento, en notable paradoja.
Seguramente pesó el hecho de que frente al drama sartreano se elevara el no transcurrir de los nouveau romanciers, pero sin duda alguna la lucha era de miras mucho más elevadas y profundas de lo que siempre se banalizó. Ahora tanto Sartre como Robbe-Grillet reposarán en condiciones similares, con el silencio por delante y con la obra que les es ajena. Tal vez ahora se leerían con gusto.
Más que dolor, podría uno imaginar una ronda de tragos gratis en La casa de citas. Salud.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Lectura y escritura

La situación en la que nos encontramos actualmente parece, pues, que se caracteriza por fuertes síntomas de disolución del “orden de la lectura” propio de la cultura escrita occidental, tanto en lo concerniente al repertorio como en lo que se refiere a los hábitos de utilización y de conservación. A ello contribuye intensamente un sistema productivo que se comporta de un modo irracional, que tiende a recoger el máximo provecho en el mínimo tiempo, sin prestar atención a las perspectivas futuras; mientras que la coexistencia de los libros (y otros materiales editados) con los elementos audiovisuales margina a los primeros, que se debilitan por su sustancial incapacidad de adaptación a los nuevos tiempos y a los hábitos de utilización, y los métodos de aprendizaje cada vez tienden más a prescindir del escrito tradicional.
Armando Petrucci, Historia de la lectura en el mundo occidental, p. 547


1. Agradecimientos y filiaciones
Quisiera en primer término agradecer la generosidad del director de esta Escuela Normal “Manuel Ávila Camacho”, Maestro David Adolfo Aguilar Dávila, entrañable amigo, ambicioso lector y escritor de magna pluma, por considerar que alguna idea puedo aportar en torno a estas dos palabras tan inmersas en la polémica y tan cercanas a mi educación sentimental: lectura y escritura.
Puedo hoy contarles que hace 33 años, justo la edad de Cristo, una excelente profesora pensó que yo podía interesarme en la lectura y en la escritura y a la manera de los héroes de Charles Dickens acaso imaginó su destino en el mío y visualizó las cosas que soñaba para ella y juzgaba imposibles vistas las jugadas de dados que había echado en su vida.
Me refiero en concreto a la novela del autor inglés titulada Grandes esperanzas. En ella, el pequeño Pip se da cuenta a determinada altura de su vida de que no es lo que ha querido, sino el proyecto de otros, la voluntad de otros, lo que otros quisieron que fuera y entonces se enfrenta al dilema de ser él o un simple clavito en la pared o, lo que es peor (lo ha señalado el escritor zacatecano Juan Gerardo Sampedro), el clavito de una de las esquinas de su propio ataúd.
Pues bien, como Pip, me di cuenta no sólo de que mi maestra tenía esa proyección sin tomarme del todo mi parecer, sino que la empresa familiar había hecho en mi personalidad tales estropicios que era una especie de Frankestein en donde se cruzaban voluntades y carismas, caprichos y adefesios. Era tiempo de buscar por primera vez el sentido de aquel conjunto de significados y asumir la empresa individual con un cierto sentido. Había que ir en busca de mis huellas y reconstruirme bajo mi propio riesgo.
El proceso fue largo y venturoso, al menos eso creo. Decidí que realmente la literatura, mediante la escritura, era mi camino y descubrí una vocación que me ha acompañado a lo largo de los años y que me ha hecho fiel practicante de lectura y escritura y un bibliófilo empedernido. A tiempo estuve de contribuir a no hacer más el juego a la disonancia cognitiva, esto que se llama decir o pensar algo y hacer otro, lo que a la larga nos convierte de nueva cuenta en Frankestein. De allí que la labor de análisis y reconstrucción sea casi permanente.
Quizás el gran riesgo ha sido el que me haya convertido en una especie de hombre de papel, distante de la vida, viviendo en mundos librescos y universos imaginarios. Pero cuando he sentido que eso amenaza mi autocontrol regreso a la calle y a los acontecimientos cotidianos.
Aún así, hice la Licenciatura en Letras, la Maestría en Historia Regional con investigación en historia literaria regional y el doctorado en lingüística mediante análisis de narradores mexicanos y todo esto mientras escribía novelas, cuentos y ensayos literarios. De cualquier manera, cuando se me quiere fastidiar los académicos me tildan de creador y los creadores de académico, pero creo que este esquema es más manejable.
Entonces, no pretendo engañarlos, soy un profesional de lectura y escritura. He vivido de ellas digna y felizmente. Me han permitido acumular unos miles de libros en una modesta biblioteca, viajar, gozar de premios y becas, editar mis 9 libros y colaborar en revistas literarias y culturales. Lectura y escritura conforman un profesional propio, con actividades específicas y remuneración económica.

2. La lectura
Tenemos ya más de tres años con el enunciado problema de la lectura a nivel escolar en México y en Zacatecas, ahora que se usan los parámetros internacionales y las comparaciones entre entidades federativas. El problema es real, pero desde luego involucra a los sectores docentes y a los estudiosos del lenguaje y de la literatura. Creo que no es para sentirnos culpables. El problema es de planificación general. No hay una política clara de enseñanza en nuestro país, por lo menos en lo que a lenguaje y literatura se refiere. Se sigue planificando sobre las rodillas, contra reloj y a complacencia de amigos, enfoques de moda o en atención a agencias de mercadotecnia.
Y digo que no es para sentirnos culpables, porque de pronto parece que los políticos mandan la pelota al otro lado de la cancha e involucran responsabilidades que si bien compartidas no tienen el mismo grado de responsabilidad, porque no han estado en nosotros ni la toma de decisiones, ni las evaluaciones, ni los cambios.
Creo que los diversos sectores han realizado sus tareas en la medida de sus posibilidades y ha faltado una verdadera concertación nacional, regional, local, en donde el problema a resolver se torne cruzada y no en mera cantaleta que se convierte en cuestionamiento contra nuestra voluntad de cambiar las cosas, porque a tres años de los primeros focos rojos ya tendríamos que tener resultados que al menos detengan el problema o que nos dijeran de los intentos por revertirlo.
La lectura es una competencia y se trata de una competencia compleja. Cuando las sociedades se desarrollan aterrizan el lenguaje oral en la escritura y con esto no sólo se da un cambio de hábitos que tienen que ver con la memoria y la nemotécnica, sino que también nos proporciona la conservación de esa memoria más allá de la caja craneana. Vivimos un momento similar ahora cuando ya no memorizamos números de teléfono porque los tenemos en el directorio escrito o lo que es más expedito el directorio en el teléfono celular, que nos torna inútiles cuando se descarga, porque nuestro almacén ha sido sustituido. Ahora bien, la lectura presupone la escritura, sea en cualesquiera de sus manifestaciones (esto es escrita en palabras o en sus antecedente o en sus variables en otros lenguajes).
La lectura es pues la recuperación de lo escrito o de lo cifrado. Las palabras sustituyen a los objetos y se funden en el pensamiento. La abstracción impera y se puede llegar a los mundos imaginarios de la literatura.
Quisiera poner énfasis en las diversas formas de la lectura, porque a menudo se obvia o se ignora el que proporciona el sentido común. El hombre lee por naturaleza, interpreta, da a conocer las urgencias de las necesidades y los llamados de los sentidos. El hombre siempre lee, siempre interpreta. Busca las señales de confiabilidad o de extrañeza, de peligro o de confianza. Como diría un personaje de Kurt Vonnegut, si quieres saber si una mujer te quiere, mírala a los ojos, allí encontrarás sin duda la respuesta. La lectura de lo escrito sólo afina esto.
No es casual que las sociedades hayan evolucionado parcializando el conocimiento y el acceso a documentos. Ustedes saben que hay sectores que corresponden a la seguridad nacional y se ejercen por Razones de Estado. De tal manera que no es posible acceder al conocimiento de punta de la fisión nuclear y mucho menos a sus realizaciones materiales, pues esto puede provocar severos cambios en la geopolítica del poder.
Que nadie me venga a decir ahora que Estados Unidos quiere salvaguardar a la humanidad del fanatismo musulmán de los iraníes cuando los amenaza con invadirlos y despojarlos de la infraestructura nuclear. Está, además de prevenir cualquier sorpresa a su seguridad, el petróleo iraní. Ya supimos que las tales bombas de Irak no existían, pero sí su petróleo y el salirse de la alianza con el tío Sam por parte de Saddam Hussein, hoy bien difunto. Todo esto se puede armar como rompecabezas con base en la lectura y en la investigación másdivertida y al alcance de la mano como puede ser internet.
La lectura nos puede proporcionar satisfacción de necesidades materiales como en el momento de pedir un platillo en un restaurante, marcar en una lista cotidiana, desde mi oficina o trabajo de albañil, cuántas gorditas de lengua, de las de doña Julia, encargo, o señalar un modelo para armar, previa compra, en una página de internet. Aun cuando no deja de ser abstracto, algunos logos mercadotécnicos se empiezan a asociar a nuestra conducta como en su momento lo fue el limón, el asado de boda o el tequila con sal. Empezamos a sentir con las marcas.
Más allá de las necesidades materiales, el hombre utiliza la lectura para satisfacer necesidades espirituales. Buenas y malas o castas e impuras, según se quiera y se vea. Es a través de la lectura que accedemos al conocimiento. Es a través de la lectura que nos explicamos un problema o el armado de un aparato mecánico, eléctrico o electrónico. Es a través de la lectura que polemizamos y nos damos cuenta de que hay un caníbal en la ciudad de México que cocinaba partes del cuerpo de sus novias y víctimas o que la llanura tabasqueña llega a estar por debajo del nivel del mar y por ende es inundable, como lo fue en el pasado en que no había casas y habitantes y que no se han realizado las obras que descarguen el caudal de los ríos y encaucen el que baja de la sierra de Chiapas. En esa planicie corren los dos ríos más caudalosos de México.
Es a través de la lectura que puedo enterarme de becas, de apoyos, de ubicación de plazas y concursos dentro de lo que será mi profesión. Y es a través de la lectura que convivimos en clase, sea como alumno, sea como maestro. Cuántas de las veces hemos entrado aterrorizados al salón en espera de que se nos diga, a ver qué leíste.
Decía al principio que la lectura está en una especie de ojo de huracán. Saquemos ventaja de esto. Más que sentirnos culpables, debemos tener claro lo que hacemos por ella y la utilidad que al enseñar a leer o al provocar a que otros lean genera a los individuos y al grupo social.
En primer lugar, la lectura debe servir para leer el mundo inmediato, debe resolvernos problemas que nos ayuden a la mejora de nuestro nivel de vida. Comienza por la propia lectura de nuestra interioridad, por el ajuste o desajuste con el mundo, por el grado de felicidad o infelicidad que nuestra existencia y la convivencia nos genera. Conocer los obstáculos nos proporciona un primer acuerdo y una serie de metas.
En segundo lugar la lectura nos inserta en el mundo, nos informa de lo que sucede y nos proporciona el conocimiento histórico y actual. Qué sería de este mundo sin la divulgación científica, sin la difusión del arte y sin las instrucciones necesarias para vivir. Qué sería de este mundo sin el conocimiento de la obra de Aristóteles, de Hegel, de Marx, de Habermas, sin el conocimiento de Arquímedes, de Pascal, de Einstein.
Y desde luego, la lectura de obras literarias nos permite recrear la realidad, acercarnos al ser que somos, al mundo que vivimos e imaginamos el ser que podemos ser y el mundo que podremos habitar y legar a las generaciones posteriores. La lectura ha sacado del papel a personajes como Don Quijote, Hamlet, Luzbel, Fausto, Ana Karenina, Ulises, Pedro Páramo, Artemio Cruz. La lectura ha permitido el rescate de ladimensión humana de personajes históricos odiosos como Maximiliano y Carlota o Antonio López de Santa Anna.
En cualquiera de sus niveles la lectura contribuye al desarrollo del cerebro humano, a la claridad del pensamiento, a la mejora de la expresión lingüística. Una sociedad que lee, que incluye un mayor número de lectores, además de estar informada, contribuye a la mejora de la especie.
El problema de la lectura tiene que ser atacado por todos sus flancos. Desde luego que es necesario decirlo y aplicar técnicas que permitan que esa competencia se desarrolle y optimice. Con esto damosal individuo armas para sobrevivir y para aportar beneficios a la sociedad.
La presentación de escritores o de científicos es sólo la punta del iceberg, el más lucidor. Tenemos que darle la vuelta a la pobreza, causa importante de la falta de lectura al poner el libro a precios fuera de nuestro alcance. Hacen falta campañas masivas que pongan el objeto libro o revista o periódico o folleto o pasquín al alcance de la mano. Es notorio que en algunas casas no hay un solo libro más allá de los de texto gratuitos. El entorno benéfico a libro es primordial para su difusión y su aprecio.
Hacen falta sesiones colectivas de lectura en voz alta donde todos lean, donde todos opinen, donde todos den su interpretación y es necesario poner la literatura y la ciencia al alcance no sólo del consumo, sino como algo que nosotros mismos podemos producir y escribir.

3. La escritura
La escritura también tiene diversos niveles. Lo mismo se utiliza para enviar recados, para dejar instrucciones, para llamar la atención de alguien, que para enviar un mensaje sentido en una carta, una advertencia de peligro o un mensaje cariñoso en un correo electrónico o en un diario, para tomar apuntes o para recabar la información que viene de una entrevista o de un diario o de un conjunto de libros.
La escritura literaria es la más difícil, la más compleja, porque se trata de un lenguaje secundario. Esto es, sobre el lenguaje cotidiano se ha construido una nueva realidad que es lingüística pero que nosotros tendemos a hacerla nuestra. Han sido los escritores lo que han consolidado las lenguas que han mantenido los hablantes. El escritor hace de la lengua un sistema plástico, estético. Los aedos llevaron las hazañas de Aquiles y Odiseo por los pueblos de la antigua Grecia, pero fue Homero (o quienes se escondan detrás de este nombre) el que lo llevó a la escritura y al verso. Los juglares y trovadores cantaron y contaron las hazañas de Arturo y de Carlo Magno o el Cid, pero fueron Dante, Cervantes y Shakespeare los que llevaron el toscano, el castellano y el inglés a la altura del arte, como dijo nuestro poeta. La literatura es la mayor y mejor expresión de un pueblo y de una civilización. Es un camino de siglos.
A estas alturas del desarrollo humano nos encontramos con junto con lenguas de reciente incorporación al congreso de las naciones, las lenguas romances y las nacidas en el medievo, que ya vivieron su Siglo de Oro, encuentran un nuevo impulso en los pueblos que tomaron esos idiomas. Es el caso de la literatura latinoamericana que parece haber tomado la estafeta de Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope, Ruiz, Tirso, Calderón de la Barca, Garcilaso, Santa Teresa, Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, en las plumas de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Juan Rulfo, Fernando del Paso.
La enseñanza del siglo XX de activar las periferias y las zonas marginales se cumple en América y aún está por conocer las aportaciones de las regiones, tal como se ve en Europa con las inserciones de Rumania, Bulgaria, Albania, Bosnia, Lituania y con las aportaciones de regiones como la India o el sureste asiático.
El escritor debe ser un hombre culto, lector de todos los temas y de todos los discursos. La banalización del escritor como genio ha obscurecido su gran necesidad de formarse. Ante el escritor complaciente que sólo se lee a sí mismo o ni siquiera eso, se tiene que levantar la obligación inevitable de actualizarse, de conocer los antecedentes lingüísticos, los estilos, los temas, los interese del público. Es falso que la palabra se instaure como por arte de magia. Detrás de o junto a un escritor paradigmático está su generación, está la historia de su lengua y sus hablantes. Sólo de esta manera es posible que se lleven a cabo las grandes transformaciones, pero no es producto de la voluntad de un solo hombre.
Dado mi papel multifuncional de profesor de literatura y de lenguaje, de lector obligatorio y degustador y de escritor de ficciones y ensayos, puedo decir que la escritura es una construcción permanente, un reto. Tengo claro que la literatura es un sistema lingüístico y estructurado según reglas específicas de los géneros, pero también es un sistema social y ocupa un lugar o campo. La literatura genera grupos, generaciones, movimientos y todos tienen una historicidad.
Quienes alguna vez pensamos que el Premio Nobel o cualquier premio era un simple reconocimiento, puro y sin intereses, hemos tenido que aceptar que en todos lados se cuecen habas. Sea por coherencia o por afinidad o por simple deseo de poder, los escritores luchan por ocupar una posición. Es la posición del lenguaje y de las aportaciones estructurales la que a la larga se impone, pero muchos escritores gozan de una gloria efímera producto de sus relaciones o de sus dotes carismáticas inmediatas.
Lo anterior hace humano el fenómeno, lo iguala con otras áreas de la actividad. Sin embargo, la literatura, la escritura, siempre se torna crítica de su momento y de las grandes injusticias y dice argumentos de verdad aunque sus situaciones puedan ser imaginarias. Por ejemplo, un oscuro médico de pueblo, Mariano Azuela, supo decir ya en 1914 que la Revolución Mexicana era en realidad una bola donde los ideales estaban lejanos y el espíritu de transformación ausente y donde los intereses de cambio en parte se explicaban por la angustiosa situación y en parte por las ambiciones de los desplazados.
Ha sido necesario más de medio siglo para que el término Revolución Mexicana pierda el carácter de santidad y de movimiento diferente entre todos los que se produjeron en la tierra. Podríamos decir que esto se debió al culto a la personalidad de los triunfadores y más que nada de los usufructuarios del régimen posrevolucionario, pero lo que no podemos ignorar es la oportunidad e implacabilidad de la novela Los de abajo en un momento en que la lucha apenas entraba a los inicios del Constitucionalismo. La muerte de los caudillos, el arribismo de los intelectuales, la disputa por los botines, la inmediatez de los luchadores y sus carreras meteóricas sólo constatarán lo dicho en la novela de Mariano Azuela, sólo que fueron necesario muchos años para que la gran mentira decantara.
La literatura muerde en los renglones donde los sistemas olvidan al hombre. Buena parte del siglo pasado vivimos la resistencia de izquierda como una justificación de los medios por los fines. Con esto no niego los excesos de la derecha o del capitalismo que hoy más que nunca saltan a la vista, lo que afirmo es que buena parte de la intelectualidad mundial llegó a justificar la segregación, la muerte, la persecución por Razones de Estado -lo que por otra parte criticaban con brillantez en el otro bando- amparados en el edén socialista que se produciría al final de la historia, cuando el enemigo fuera aniquilado. Tal cosa no llegó. La polémica entre Jean-Paul Sartre y Albert Camus, ambos escépticos de la vida y de la libertad marcó la puta: ¿los campos de concentración soviéticos eran justificados en vista de las maniobras del enemigo? Sartre los justificaba en función de una vida futura. Para Camus era más importante la libertad.
Por fortuna lo que los escritores hacían condicionados por las circunstancias era rebasado en las obras literarias. Las obras de Kundera, de Solzhenitzin son dos ejemplos de cómo la literatura fue más allá de las disputas de escritorio o de periódico y siguió recreando las ruindades de la condición humana. El mismo Sartre nos llevó a las miserias de la posguerra, al toque de fondo después de la gran matanza y nos hizo ver que la solución estaba más allá –o a pesar- de los sistemas.
En México la escritura ha jugado ese papel ambiguo entre productor y mensaje. Juan Rulfo era una persona callada y parca para escribir –sólo dos libros-, pero supo ver el problema del campo y del hombre después de la Revolución y el grado de deshumanización y muerte que padecían. El mismo Carlos Fuentes, tan premiado, tan internacional, tan responsable de que la literatura latinoamericana se conozca en el mundo entero, tan coqueto con los regímenes, en sus novelas hace una despiadada crítica a lo que se llamó revolución mexicana.
Mi papel como escritor se inserta en esta búsqueda. Por una parte me considero heredero de esa gran tradición crítica, pero estoy sabido de que en primer lugar es necesario formarse como escritor, informarse, manejar el lenguaje primero con decoro y luego con estilo, dialogar con las formas literarias heredadas y después tratar de aportar algo a la literatura a través de la escritura. Por otro lado me sé heredero de un México que vivió ese baño de autenticidad llamado Revolución Mexicana, cuando se trataba más de un velo que de una originalidad.
En mis obras he tratado de acercarme a personajes marginales, a expresiones marginales y a situaciones no muy gratas al poder. He considerado, por ejemplo, que la vida de una costurera es digna de literaturizarse y he considerado que al escribir sobre ella doy un lugar en la literatura a personajes que de otra manera se perderían en la desmemoria.
La escritura es mi lectura de mí mismo y de la sociedad en que vivo. Me ha permitido alejarme del papel de Pip, alejarme también del bonapartismo, el héroe inmortal que todos llevamos dentro, y asumir que nuestra sociedad presenta problemas que tenemos que plantearnos, que tenemos que leer, pues sólo de esta manera podrán atenderse y resolverse. No es mi papel la solución de marginalidad o de abandono. Mi papel termina cuando un lector reconoce el problema como suyo o del grupo y está de acuerdo en que merece solucionarse y desde su posición incide en el cambio. Cuando se cumple esto, he hecho las cosas bien.

4. Las realizaciones y compromisos
La lectura y la escritura son parte de nuestra actividad cotidiana, tanto por ser alumnos o profesores o porque somos parte de un segmento de la población que vive de ellas. Todos los días hacemos uso de ellas sea en voz alta o en voz baja, sea en el papel, en el pizarrón o en la computadora.
Desde nuestra posición podemos formar lectores, escritores, estudiosos. En realidad el primer rasgo es la curiosidad y el afecto. Curiosidad porque vamos tras una presa que se nos escabulle, como se le escapa al detective el criminal. Curiosidad por saber, a partir de las novelas de Orhan Pamuk, Premio Nobel 2006, dónde queda Estambul, qué cosa es el Bósforo, qué sucede con Turquía. La simple noticia del otorgamiento de tal distinción a un turco suena rudo. Y allí voy, a saber que Estambul es lo que fue Constantinopla y que está dividido en dos y que una parte corresponde a Europa y otra a Asia. Y entonces me aclaro que para mí turco siempre ha sido sinónimo de violencia y de cierta arbitrariedad a la hora de aplicar las layes y más cuando hace cosa de 25 años vi una película que se llama “Expresso de medianoche” donde asistimos a la vida carcelaria turca o la no menos vieja “La pasión turca” donde el amante turco es misterioso y se mete con lo que se le ponga enfrente. Pero además el imperio turco siempre estuvo presente en Europa y lo mismo avanzaba hasta las goteras de Viena que se replegaba a sus posiciones, llevándose de por medio a todos los pueblos de los Balcanes. Estambul aparece aquí en Pamuk como una ciudad entrañable, con sus misterios y sus evidencias, con sus ruindades y grandezas, como cualquier ciudad nuestra.
Veamos ahora cómo Pamuk consigue que mi curiosidad se troque en afecto y admiración:
Por fin se cumplieron mis deseos y poco después volví al edificio Pamuk. Pero la idea de que en otra casa de Estambul vivía otro Orhan nunca me abandonó. Aquella fascinante idea siempre estuvo a punto para cualquier eventualidad en un rincón de mi mente fácilmente accesible durante toda mi infancia y mi primera juventud. Las noches de invierno, mientras caminaba por las calles de Estambul, se me pasaba de repente por la cabeza con un escalofrío que el otro Orhan vivía en alguna de las casas cuya luz anaranjada podía ver, en las que me imaginaba que una gente feliz y contenta llevaba una existencia tranquila, y cuyo interior intentaba vislumbrar. Según crecía, aquella idea se fue convirtiendo en una fantasía, y la fantasía en la escena de un sueño. En alguna de las pesadillas de las que me despertaba gritando me encontraba con aquel otro Orhan —siempre en otra casa— o los dos Orhan nos mirábamos en silencio con una sangre fía sorprendente y despiadada. Entonces, entre dormido y despierto, me abrazaba con más fuerza a mi almohada, a mi casa, a mi calle, al lugar en que vivía. Pero cuando me sentía desdichado, comenzaba a imaginar que iría a otra casa, a otra vida, al lugar donde vivía el otro Orhan y, de repente, empezaba a creerme un poco que yo era ese otro Orhan y me entretenía con los sueños de la felicidad. Esos sueños me hacían tan feliz que ya no sentía la necesidad de irme a otra casa.
Y llegamos a la cuestión fundamental. Desde el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido. Sé que el hecho de que cincuenta años después siga viviendo en el edificio Pamuk (a pesar de haber resididio entretanto en otros lugares de Estambul), el mismo lugar en que mi madre me cogió en brazos y me mostró el mundo por primera vez y donde me hicieron las primeras fotos, tiene que ver con la idea del otro Orhan en otra parte de Estambul, con ese consuelo. Y también percibo que mi historia es la que me hace especial, y, por lo tanto, también a Estambul: el haber permanecido cincuenta años en el mismo lugar, incluso en la misma casa, en una época condicionada por la multitud de migraciones y por la creatividad de los emigrantes. “Sal un poco a la calle, ve a otro sitio, viaja”, me decía siempre mi madre, abatida.

Afecto que se manifiesta en el deseo por saber de los nuestros. Y entro a la página de internet de un periódico leonés, mi tierra es León, Guanajuato, y veo que la ciudad está alarmada por una enfermedad misteriosa que los aletarga y se habla de un muerto y el presidente municipal afirma simplón que no se trata de fantasmas, mientras que yo más bien pienso en esa enfermedad que se ha detectado en los hospitales leoneses donde los niños nacen con el cerebro fuera de la caja craneana y resulta que a la larga el problema es de dengue, enfermedad que yo considero de los trópicos y lugares calientes donde habita el mosquito y ojalá que mis seres queridos no sufran el piquete del mosquito y que el dengue no llegue a ser hemorrágico, porque ese si es mortal y bueno busco causas de la enfermedad, pero mejor ya no le sigo.
La tarea en torno a la lectura y la escritura deben partir de ese par donde la curiosidad, el placer y el afecto se mezclan. Seguramente podemos levantar nuestros trofeos y decir yo influí para que fulano de tal fuera escritor y ahora es premio nacional y publica libros, o zutana es ahora una científica de respeto y me recordó el otro día que odiaba la literatura, pero eso le confirmó su amor por la divulgación científica, o aquel personaje que me encontré una vez en un camión y me dijo usted me dio un premio por escribir un cuento, no he vuelto a escribir, pero el recuerdo todavía me resulta agradable. O en fin aquellos anónimos alumnos que no tienen que pedir que les lean una dirección en un pedazo de papel o solicitar angustiosa ayuda para que manejen por ellos el cajero automático.
Todo lo que se pueda hacer por lectura y escritura estará bien. Todo lo que se hace por lectura y escritura está bien. Creo que falta echar el último esfuerzo organizado y partir de un diagnóstico real y con un plan de metas.

5. Los peligros contra lectura y escritura
Se habla de pronto de la inminente desaparición del libro, de la entrada a nuevos métodos donde la tradición tendrá que buscarse su lugar en la mera historia. En realidad los medios electrónicos, los procesadores o computadoras, los nuevos lenguajes, lo único que hacen es recordarnos lo necesario que es leer. Es curioso, pero podemos hablar de un regreso a las cartas, intercambio casi perdido en décadas pasadas, a través del correo electrónico y el chateo. Es cierto que no se respeta la ortografía, que se inventan mil abreviaturas y caminos cortos, pero la expresión escrita está allí, a una velocidad insospechada.
Cuando afirmo lo anterior no pretendo tapar el sol con un dedo. Desde luego que la cultura audiovisual resulta atractiva y ha recibido un apoyo impresionante durante el siglo pasado, pero no podemos olvidar que además de que la lectura descansa en primer término en los sentidos y que estos proporcionan el primer contacto, hay informaciones que no pueden ser expresadas por la visión, sino que tienen que ser explicadas por el lenguaje, por las palabras. De la misma manera, la lectura no es una operación en donde el intelecto opera de manera independiente, puesto que está procesando con base en gusto, tacto, olfato, oído, visión. La literatura tiene esa ventaja, de proporcionarnos un universo que vamos visualizando como si fuera cine o como si fuera pantalla de televisión.
Ya pasaron los tiempos de los apocalípticos en que todo lo que pertenecía a la cultura de masas o lo no tradicional se convertían en mecanismos del poder o del diablo. Ahora estamos frente a una cultura, que como señala Armando Petrucci en el epígrafe ha sufrido modificaciones en sus medios y en sus percepciones, de tal manera que no es la mejor solución el regresar a lo tradicional, puesto que esto se empapa de lo reciente y si se presenta de manera dictatorial sólo genera el abandono y el odio. Lectura y escritura sobrevivirán, porque no son simples medios o satisfactores momentáneos, representan parte de la especie. Podría decir que buen aparte de la diferencia específica de la especie. Por otra parte, resulta paradójico hablar de crisis de los libros cuando vemos las librerías rebosantes de nuevos títulos de esoterismo, superación personal, literatura, divulgación científica y variantes que van desde libros para niños hasta tradicionales mamotretos. Después de asistir a las librerías lo único que queda es la profunda pena por la vaciedad de nuestros bolsillos, por el hecho de que un libro se compra con el salario de una semana de sueldo o de plano no alcanza a comprarse ni con los ahorros de la cooperativa.
Inalcanzables o no, lectura y escritura son instrumentos de esta comunidad que hoy me escucha y a la cual me sumo. Lectura y escritura son en apariencia inalcanzable o inabarcables en su totalidad, pero en ellas se encuentran buena parte de las soluciones a nuestros problemas y del acceso a una vida comprendida y asumida.

6. La predominancia del placer
En nuestra vida realizamos una serie de actos que no presentan utilidad, al menos en apariencia, pero que en realidad tienen la noble misión de darnos diversión, descanso, información, temor, satisfacción. Se trata del complejo mundo de nuestras necesidades espirituales. Allí incluimos desde la diversión en la casa de los espantos hasta a la asistencia a un programa musical, desde la asistencia a misa o a ceremonias religiosas hasta el masoquismo de asistir a una goliza en un partido de futbol, desde una revisión médica de rutina hasta una exposición de frascos de plásticos o productos de belleza.
Lectura y escritura solución necesidades de este tipo. Cuando tenemos un padecimiento y no queremos que se sepa, recurrimos a la lectura. Cuando tenemos algo que nos carga y nos lo explicamos nos asomamos a un texto de terror y sentimos como cuando salimos de la lucha libre. Cierta plenitud nos ha alcanzado. La escritura cumple también una función catártica, limpiadora, terapéutica. Pero más que nada, lectura y escritura representan una dimensión lúdica que nunca se debe perder. Rozamos nuestros límites allí, nos ponemos a prueba y es entonces que damos o no el salto.

La lectura: asomos a la vida

Y todos estos discursos están situados. No ocurren en la nada, en la ubicuidad o en la atemporalidad. Se dicen o escriben en un lugar y un momento determinados. Tienen a un autor, que vive y escribe y pertenece a una comunidad particular. Esta comunidad se ha desarrollado a lo largo de la historia, en un lugar concreto, y tiene una forma de ver el mundo que ninguna otra comunidad comparte. Forzosamente los discursos muestran siempre un punto de vista sesgado. No pueden representar a otras culturas, de otros lugares y épocas. Los discursos neutros, objetivos o desinteresados no existen.
Daniel Cassany, Tras las líneas, p. 55.


1. De agradecimientos y filiaciones
Quisiera empezar mi modesta intervención agradeciendo la amabilidad de las autoridades de esta institución, el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (CONALEP) al invitarme a participar en estos eventos tan relevantes. En especial quiero agradecer a la Maestra Beatriz Elizabeth Soto Bañuelos, por otra parte una gran y ferviente lectora, por su gentileza y por pensar que puedo decirles una o dos ideas de interés. Espero no comportarme por debajo de sus expectativas.
Debo confesarles que lo que soy se lo debo no a mi manager sino a la literatura. Gracias a ella escapé de un mundo de incertidumbres y de violencias y pude canalizar la mayoría de mis pulsiones de barrio bravo mediante la escritura y la lectura. Cuando decidí estudiar Letras para jugarme el todo por el todo, muchos de mis seres queridos pensaron que me iba a morir de hambre. Nada más lejano hasta la fecha. Escribir me ha permitido publicar 9 libros y colaborar en diversas revistas de circulación regional, nacional e internacional, escribir me ha permitido viajar y gozar de becas y apoyos económicos. Escribir me ha permitido estudiar desde la licenciatura, y hacer lo bien, hasta el doctorado y ganar algunos reconocimientos con estímulo monetario. Me ha permitido vivir decorosamente, sin apremios económicos. Escribir me ha permitido conocerme, desentrañarme en mis virtudes y mis grandes defectos y imitaciones.
Y junto a la escritura ha estado la lectura, ser un hombre informado, ya sea de noticias importantes, de los últimos chismes o de las grandes pequeñas tragedias, lector que no se deja engañar fácilmente, que conoce los vericuetos del poder y las conveniencias de los dueños del dinero. Además, tengo la fortuna de visitar mundos imaginarios, identificarme con personajes, asomarme a los grandes misterios de las familias, de nuestra sociedad y de la sociedad contemporánea. Esto ha sido a tal grado que a menudo me pregunto cuánto he dejado de vivir mi propia vida a cambio de asomarme a vidas ajenas, a recorridos extraños.
He dedicado buena parte de mi existencia a incentivar a leer y a escribir. Creo que he logrado inculcar en algunos de mis alumnos de taller literario y de preparatoria, licenciatura y maestría el gusto por la lectura y la pasión por la escritura y por la enseñanza de ambas. Algunos de ellos son hoy famosos y no quiero mencionarlos para no vivir de una gloria que no me pertenece y de una hombría de bien que sólo a ellos enaltece. Estoy seguro de que sus conocimientos sabrán trazar nuevas fronteras que aseguren las bondades de lectura y escritura.
De tal manera que, con estos antecedentes, cuanto diga aquí estará cargado, como los dados en cierto cubilete. Así que duden de lo que yo diga, porque soy juez y parte, pero tengan la certeza de que lo que aquí ponga a su disposición es producto de la honestidad, de mi recorrido por la vida, de mi visión adquirida en gran parte a través de la palabra.
Soy una especie de hombre de papel, hecho de múltiples historias, acaso lo único que puedo ofrecerles, pero allí están mis asomos a la vida, mi percepción del mundo, mi experiencia vital. No soy otra cosa y quiero prevenirlos a tiempo.
También quiero decirles que he escrito este mensaje porque me parece que es la forma en que mejor me expreso y que hago mejor. La expresión oral me torna más torpe, me atora, me hace dudar y llego a dar por conocido lo que ni siquiera he planteado, así que mejor lo preparo con tiempo.

2. Primeros ejemplos dudosos en su utilidad
En segundo lugar deseo poner tres ejemplos de dudosa utilidad a fin de relacionarlo con el tema de esta charla: la lectura. Muchas veces realizamos acciones misteriosas o contradictorias, acontecimientos que no sirven para nada, eventos de los que salimos con las manos vacías, sin recibir algo a cambio. Anticipo que con esto no quiero dar la razón a quienes piensan que sólo lo que deja dinero es útil.
Ejemplo 1. Vamos a la feria de la ciudad o de la festividad de nuestro barrio y nos subimos a los todavía llamados juegos mecánicos. Al más riesgoso, al que pone a prueba nuestra capacidad de resistencia. Digamos que a la montaña rusa o ese que nos sube en cómodos asientos hasta una altura de 20 o 30 metros y luego nos precipita de un solo empujón al vacío y se detiene a unos centímetros del suelo. Pagamos por ello una cantidad de dinero, no excesiva, pero al fin de cuentas impacta en nuestro bolsillo. Gritamos, pujamos, ponemos en tensión nuestro cuerpo, sudamos. Estrujamos al vecino o vecina. Nos dan ganas de saltar, pero no tantas porque sabemos que nos haríamos papilla. A veces juramos no volver a hacerlo o simplemente damos paso a la gritería y a la diversión, a nuestra diversión. Las preguntas son ¿pagamos por sufrir?, ¿sufrimos al gritar o gritamos porque sufrimos?, ¿cuál es la utilidad de esto?
Ejemplo 2. Voy a la lucha libre. Pago mi entrada en la taquilla del Gimnasio Marcelino González o la Arena Isabel o la Arena Coliseo. Me junto con un grupo que está decidido a defender a los rudos. Esa es la consigna. Pensemos que es la época grandiosa en que el Perro Aguayo (el padre) no es más rudo y es ahora muy técnico y bueno y viene a defender la plaza zacatecana tan nuestra de las marrullerías de los más temibles rudos. El papel no es fácil y más cuando con nuestro apoyo los rudos ganan la primera caída al héroe de Nochistlán. El ambiente se tensa y comienza la reacción de la gente en apoyo al paisano, a los técnicos y contra los rudos y esa pandilla de latosos que entre el público los apoya. Llego a temer por mi seguridad, pues la gente empezó a vernos primero divertida, como una curiosidad chistosa y necesaria, pero una vez que están abajo sus defendidos tornan su mirada en agresiva y empiezan a lanzar objetos y líquidos contra los agresores del orden. Por fin, después de sangre obtenida con fichas ocultas y colmillos de rudos y multitud de veces que el Perro Aguayo está contra la lona logra hacer una llave maestra y vence al capitán de los rudos. Ya no para nada ni nadie a los técnicos y nuestro apoyo se hace pequeño frente al griterío mayoritario de la gente. ¿Hemos pagado por la derrota?, ¿sufrimos por la derrota de los nuestros, sean rudos o técnicos y llegamos a la agresividad cuando los sentimos en peligro?, ¿cuál es la utilidad de esto?
Ejemplo 3. Insisten que vaya al médico. Yo me siento bien y temo que el galeno me vaya a decir que todo está mal dentro de mi aparente salud. Además me advierten que deberé ir la próxima semana al dentista. Después de una larga antesala, el doctor me atiende, me hace numerosas preguntas, toma mi peso, mi presión, mi nivel de azúcar, examina mi boca, mis dientes, ojos, oídos, nariz, garganta, el color de mi piel, mi caja torácica, piernas, mis signos vitales. Me dice está usted bien, mas debe cuidar su alimentación, hacer ejercicio, evitar el tabaco y el alcohol, las malpasadas. ¿Hemos pagado o perdido el tiempo estando bien?, ¿sufrimos cuando estamos sanos? ¿cuál es la utilidad de esta visita médica?

3. En busca de la utilidad de la lectura
Algo parecido ocurre con la lectura, nuestro tema. Compramos una revista, un libro o recibimos una publicidad al caminar por las calles del centro histórico o bien nuestros equipos electrónicos o de cómputo vienen acompañados de tremendos instructivos. En el primero y en el segundo caso hemos desembolsado dinero para obtener algo que a veces no leemos o que después de leído deambula por nuestra casa o entre mis haberes. En el tercer caso la vida es todavía más efímera, pues no es extraño que tiremos los volantes en el siguiente contenedor de basura sin siquiera examinarlos o que hagamos avioncitos o bolas de papel para molestar al vecino. En el último caso suele ganar el ánimo práctico y las habilidades adquiridas y los manuales se suelen consultar sólo cuando el armado no nos resultó o cuando tenemos dudas sobre tal o cual sofisticada función. El instructivo está incluido en el precio final, así que también cuesta.
El rodeo que he dado para llegar a la lectura parecería plantear más escepticismo que buen ánimo, más cancelación de puertas que apertura, más quejas que logros. No es el caso. He querido plantear que muchos de nuestros actos se presentan como contradictorios o paradójicos y que su utilidad no salta a la vista. Está oculta. Pero yo soy un optimista, creo que todo lo que he ejemplificado representa una salida al mundo de nuestras necesidades. Es decir, estamos frente a satisfactores y por lo tanto frente a actos útiles, a veces mucho más útiles de lo que parecen. Estoy hablando de la satisfacción de las necesidades espirituales o mentales: reírse, emocionarse, asustarse, imaginar lo que pudiera pasar.
Cuando subimos a la rueda de la fortuna estamos conociendo nuestros límites y nuestras debilidades frente a lo desconocido. Estamos haciendo proyecciones de nuestras capacidades frente al miedo y frente a condiciones anormales y extremas. Tal vez algún día tendremos que echar mano de ellas y nos pueden salvar la vida. Cuando nos divertimos en el miedo o en el terror, no se trata de un apetito malsano, de trata de hacer visible nuestra interioridad y de divertirnos ante lo desconocido.
Cuando vamos a la lucha libre sabemos que es un espectáculo con muchos de los movimientos maliciosamente calculados. Sabemos que se juega con los límites entre buenos y malos y damos rienda suelta a la agresividad y a la violencia en otros, pero somos los espectadores los que desfogamos energía con nuestro apoyo o con nuestro rechazo. Conjuramos la violencia con la violencia allí representada y satisfacemos nuestra necesidad de soltar tensiones acumuladas, fracasos en el fondo de nuestro día recargado de obligaciones. Hecho esto, podemos ofertar nuestra estado de pacifistas.
Cuando vamos al médico como actividad preventiva, estamos adelantando el velo de lo que viene y la sociedad mexicana apenas se entera de que después de los 40 años empiezan las enfermedades crónico degenerativas. La juventud nos torna soberbios y vemos lejanas la muerte y la enfermedad, pero por desgracia cada vez es más notorio el padecimiento de diabetes, hipertensión, cáncer y sida. La prevención es invertir para tener una madurez y una vejez sanas.
Cuando leemos tenemos acceso a información muy necesaria, que va desde cómo armar un juguete o una herramienta hasta adquirir conocimientos de punta en el mundo de la ciencia y del arte. La lectura es un mundo de palabras que es por fortuna ayudado por una mente muy fraguada en la imagen y muy auxiliada por ella, a grado tal que se ha llegado a decir que la imagen puede sustituir a la palabra.
No hay tal sustitución. Todos los sentidos se manifiestan de manera diferente. La imagen, el ojo, es en estos momentos la más atractiva y fácil de seguir. Pero el olfato, el tacto, el oído, el gusto, son partes de nuestro cuerpo que nos brindan información, que nos dan una lectura de las condiciones del entorno. Si no estoy mal informado en un evento posterior verán El perfume, la película, basada en la novela de Patrick Süskind, allí podrán internarse en un mundo donde predomina el olfato.
¿Y qué necesidades satisface la lectura? Las más variadas. En días pasados veía en el periódico local que más de la mitad del territorio de Villahermosa, Tabasco, estaba cubierto por las aguas del río Grijlava. Recuerdo haber estado hace más de dos décadas en aquella ciudad y haber comido en unas instalaciones para jóvenes en el malecón del río. Me parece imposible que esas apacibles aguas hayan reconocido sus viejos cauces y cubierto todo lo que fue su original territorio en otros tiempos. Acudí a internet para saber el recorrido del río y de su vecino el Usumacinta, el otro gigante que cruza la llanura tabasqueña. Leí y me ilustré sobre el nacimiento de ambos caudales en territorio chiapaneco aunque el mapa muestra raíces en territorio guatemalteco que no son consignadas. Me quedé con la duda. Pero la duda mayor es ver en un mapa que el río Usumacinta no desemboca en el Golfo de México, sino que como por arte de magia desaparece. Allí me he quedado en la indagatoria y pretendo en los días siguientes desentrañar si se trata de un error de trazo, si efectivamente se pierde en alguna laguna o si se ramifica. No lo sé aún. El sentido común me dice que tal caudal tan inmenso debe salir a aguas del Golfo, pero necesito la evidencia y debo recurrir a la lectura atenta de las versiones.
La lectura en periódicos y revistas nos proporciona información actualizada de lo que sucede en el mundo, en nuestra vida. Aun cuando se comienza como en un juego, toda lectura es interminable, nos lleva a nuevas cosas. La semana pasada compré un libro que se llama Gomorra, del italiano Roberto Saviano. El título tiene que ver con la ciudad mítica castigada por sus numerosos vicios. En este caso en particular se refiere a la camorra. Como ustedes saben para nosotros camorra es pleito, bulla agresiva, bravata. En realidad de trata de la mafia napolitana, de amplia historia desde el siglo XIX. Se trata de los grupos que, además, en la actualidad se encargan en Nápoles lo mismo del intercambio de mercancía china y de su introducción a Europa, que del tráfico de drogas, de estupefacientes y de control de negocios y establecimientos de todo tipo. Se da el caso de que la camorra llega a controlar la gran moda y las grandes marcas, de tal modo que un pobre obrero napolitano o de esa zona puede ver que su trabajo de 600 euros al mes se ve traducido en una pieza única de alta costura exactamente ajustada en la persona de Angelina Jolie en la entrega del Oscar.
El libro de Roberto Saviano nos acerca a una realidad que no es muy lejana a la nuestra, en donde en las últimas décadas el mundo del narcotráfico, de las maquiladoras, de la corrupción ha seguido avanzando a pesar de que el régimen cambió de manos. Y lo mismo podemos encontrar unos tenis o zapatos deportivos de la mejor marca en Tepito o en la fayuca de la Díaz Ordaz que la fabricación del mejor vestido de boda con telas europeas en La Lagunilla o un cargamento de drogas en las carreteras de Zacatecas.
La lectura más sencilla apela a nuestro interior. Sea la invitación a una noche disco en un anuncio pegado en la ruta 3, sea la recompensa por regresar un cachorro perdido en el Parque Arroyo de la Plata o los rostros de delincuentes boletinados por la PGR en los pasillos de la Central Camionera o en algún pilar de cualquier banco de la localidad. Hay referentes que están cercanos a nosotros en cuanto a si conocemos el local de la disco, o si tenemos un perro parecido al extraviado o a si esos rostros nos resultan familiares. No es raro que alguno de esos elementos se queden en nuestra memoria y, de pronto, en la soledad de la noche tratemos de localizar su origen cuando emergen mucho más claros que en el momento en que los vimos. Y cuántas de las veces se han acercado a nosotros personas con un papel que no pueden decodificar porque son analfabetas y que recurren a nosotros para que les expliquemos su contenido o que sufren si no los auxilian en el cajero automático. En ese momento nos damos cuenta de la importancia de saber leer y de tener una información que nos permita explicarnos el contenido.
Lecturas más especializadas nos permiten acceder a mundos en continuo movimiento como el de la computación o los juegos electrónicos. También podemos acceder a cuestiones sofisticadas como el desarrollo de las ciencias duras, como el destino del universo o cuestionamiento sobre las teorías recientes sobre el origen. Incluso podemos seguir el rumbo en torno a enfermedades o a padecimientos extraños en tiempos en que se suponía que la ciencia había exorcizado los males en el ser humano.
Por ejemplo, me entero que hay una enfermedad que sólo se manifiesta a través de los niños recién nacidos. Nacen con el cerebro fuera de la caja craneana. Terrible, digo y ustedes estarán de acuerdo conmigo. Sólo que la causa no la encontramos en aspectos sobrenaturales ni en extraños designios genéticos. La explicación está muy cerca y se refiere a mujeres u hombres que están en contacto, sea por el trabajo o por la cercanía de desagües, con sustancias tóxicas como ácidos. Pongo por caso el de la ciudad de León, donde los curtidores tiran los desechos al drenaje común y estos pasan junto a casas de pobladores lejanas a las tenerías. También se da entre los trabajadores de estas fábricas. Algo destruye en el producto humano, de tal modo que cuando los hijos nacen hay muy poco qué hacer en las instituciones de salud o en el llamado seguro popular. Se dio el caso de la hija de un político neopanista, heredero de curtidurías cuya hija tuvo este mal. Su situación le permitió llevarla a Houston, a Canadá y cuanto lugar le indicaron. Algo pudieron hacer por la criatura. No es loque ocurre en la mayoría de estos casos que ni siquiera se conocen, porque los regímenes en turno no pueden darse el lujo de que la población ponga en duda las bondades de la industrialización. Caso similares se dieron en Ciudad Juárez y al igual que los expedientes de mujeres asesinadas fueron enviados al archivo muerto.
La lectura es una expresión del lenguaje. Es también una competencia y está articulada al pensamiento. Nuestro cerebro ha evolucionado gracias al lenguaje y la oralidad ha recibido un gran desarrollo a través de la escritura. De allí que el cerebro y el pensamiento tengan una manifestación de su alto desarrollo en la escritura y la lectura. Se consolida así un círculo virtuoso. Sólo a partir del desarrollo de estas competencias es que nuestra especie ha puesto diferencias importantes con las otras especies. La escritura es la memoria del hombre y la lectura es la divulgación de esa memoria y la seguridad de su permanencia. Pero la escritura y la lectura aportan al pensamiento, consolidan su desarrollo y mejoran su calidad.

4. La lectura literaria
Hablemos ahora un poco de la lectura de obras literarias. Debo decirles que al contrario de lo que muchos piensan, la lectura literaria es la que representa mayor grado de dificultad. Llega a ser tan difícil como la lectura de ciencias exactas por su alto grado de decodificación. ¿Por qué? Porque la literatura es un sistema secundario, es decir, sobre el lenguaje ordinario se construye un nuevo lenguaje, con reglas propias. Las palabras ordinarias, pertenecientes al habla culta o al habla popular, se alejan de su significado y construyen un nuevo sentido y un universo de palabras.
De tal manera que personajes como el Quijote o el Periquillo Sarniento o Ana Karenina o Pito Pérez llegan de la imaginación a insertarse en la realidad. Lo mismo puede decirse de lugares que no existen y que los escritores han hecho famosos, como Comala, Yoknapatawpha, Santa María y Macondo. Personajes y lugares dan tal apariencia de realidad que uno los ve y toma partido por ellos. Es el caso también de una novela como Cumbres borrascosas, donde el lugar es árido y lleno de vientos y de nieve y en ese hosco escenario se lleva a cabo la historia romántica por excelencia: el amor imposible del niño pobre y maltratado que tiene que salir de su tierra para enriquecerse y cuando regresa ya no encuentra lo que deseaba, pues se ha corrompido y sólo le queda combatir al miedo y a la injusticia con su propia violencia. Y todo es contado por una ama de llaves que ha sobrevivido a los personajes y cuenta su versión a un visitante. Aparece pues otro elemento de la obra literaria que es el punto de vista, la posibilidad de que quien cuente esté equivocada o quiera mentirnos intencionalmente. Con esto, la lectura literaria nos dice que no hay verdades absolutas y que el relativismo, con lo que esto representa se ha impuesto.
De los géneros literarios modernos: narrativa, poesía y ensayo, la segunda es la más difícil y el primero es el más popular en nuestros tiempos. El ensayo está prácticamente en todos las ciencias y es un puente entre la literatura y los otros campos del saber. Decía que la novela es la más popular, al grado de que los dos escritores de habla hispana más reconocidos han cultivado la narración. Hablo de dos hombres a quienes separan 4 siglos: Miguel de Cervantes Saavedra y Gabriel García Márquez. Desde luego, a éste todavía le falta por purgar la prueba de los años, pero lo que ha vivido en vida es digno de resaltarse.
La literatura es la expresión más alta de una lengua y de un pueblo. Es la literatura la que da estatus a una cultura. Toda lengua que se respete trasciende a través de la literatura. El español se hizo extraña al latín y se autonomizó, se popularizó entre los habitantes de la península ibérica, quienes la incorporaron a su vida y a sus intercambios. Pero fueron los escritores del Siglo de Oro lo que le dieron el mayor grado de arrojo y de plasticidad, la hicieron literaria y amplia y plena. No fue sólo Cervantes, fueron también Quevedo, Gógora, Ruiz de Alarcón, Tirso de Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso, Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús y muchos otros. Concluyamos algo: a la lengua la hacen los hablantes, pero son los literatos los que la perfeccionan y la dejan como testimonio en su mayor grandeza y estética.
En la actualidad, el español goza de una especie de nuevo Siglo de Oro a través de la literatura escrita en América, el enorme territorio que colonizó España durante 3 siglos. Escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Agustín Yáñez, Ernesto Sabato, Fernando del Paso, Octavio Paz, han rebelado al mundo la originalidad, la razón de ser, de nuestro continente a partir de sus grandezas y de sus miserias. Pero todo esto a través de un español de gran factura. Nosotros, habitantes del siglo XXI tenemos oportunidad de incorporarnos a este gran movimiento en donde no todo está dicho y en donde las experiencias de nuestras comunidades están por saberse y difundirse.
La literatura ha servido para testimoniar el mundo en que el autor vive, de allí que mucha de la literatura de habla española se convierta en testimonio de las insatisfacciones de la gente frente al poder y frente a los poderosos. La injusticia es la gran constante. Y esta injusticia a veces no tiene una explicación tan clara o con raíces sociológicas y se relaciona más bien con las limitaciones de la especie, con la imposibilidad de detener la muerte o con el ensañamiento natural contra los más débiles.
Quiero compartir con ustedes, un poco al azar, tres lecturas que trato de relacionar con los primeros ejemplos de esta intervención.
Ejemplo 1. A. En la “Vendetta”, cuento de Guy de Maupassant, francés del siglo XIX, una mujer recibe el cuerpo de su hijo, asesinado a traición y la desvalida viuda jura ante el cadáver, a pesar de su vejez y de su debilidad, la vendetta, la venganza. Se dedica a entrenar a su perra vivaracha. Construye un monigote y le amarra un pedazo de morcilla. Pone a pan y agua a su perra Vivaracha durtante días. Después, a una señal, la lanza sobre el cuello del monigote y la premia con un pedazo de embutido. Cuando considera que es el día adecuado, va a la iglesia, comulga y lleva a su perra al lugar donde se esconde el asesino. A su señal la perra se lanza sobre el cuello del delincuente y lo aniquila. Esa noche, la viuda duerme tranquila.
B. En “El crimen de Bonifacio”, también de Guy de Maupassant, Bonifacio es cartero. Un día, en la campiña se acerca a una de las casas deshabitadas y escucha quejidos. Muy asustado, va la población a denunciar el crimen que en el campo se ha cometido, lo que provoca una gran movilización que termina en carcajadas y burlas al tontón o malicioso de Bonifacio cuando la autoridad comunica al cartero que no se ha enterado de que en la casa de los espantos ahora vive una pareja joven que recién ha contraído matrimonio.
Ejemplo 2. En un capítulo de Sobre héroes y tumbas, extraordinaria novela del argentino Ernesto Sabato, en plenas guerras intestinas del siglo XIX, enfrentados los dos bandos políticos partidarios de la federación o del centralismo se dedican a acumular victorias y derrotas en un eterno combate que no parece tener ni fin ni finalidad. Uno de los generales más importantes es derrotado y cae en combate. La turba le corta la cabeza y se dedica a pasear por la ciudad con ella como trofeo. En el colmo de la apoteosis o de la miseria, van a tocar a la puerta de la casa del héroe derrotado y cuando abre la hija arrojan la cabeza sin respeto ni misericordia. La muchacha lo recoge y lo guarda durante años en uno de los cajones de su cómoda.
Ejemplo 3. Fernando del Paso, escritor mexicano, escribió la novela Noticias del Imperio. En ella relata la locura de Carlota, la emperatriz y las vaivenes del Imperio de Maximiliano y de su contrincante, nuestro personaje inolvidable, Benito Juárez. No es una novela fácil, ya que se refiere a uno de los episodios tristes de nuestra historia, período en el cual algunos mexicanos vieron la solución a nuestros problemas ofreciendo la conducción del país a un príncipe extranjero, sin contar con la resistencia de un indio zapoteco que encabezó la más digna de las resistencias frente a tamaño agravio. No queda duda de qué lado estamos en esto, pero lo que la novela de Del Paso logra es enterarnos o convencernos o restregarnos en la cara ante nuestra resistencia a que esos dos personajes europeos forman parte, queramos o no, de nuestra historia. Hay momentos en que llegamos a compadecernos de la soledad de Maximiliano, abandonado por sus antiguos aliados y por sus familiares. La que yo quiero recalcar aquí es que la voz de Carlota, quien sobrevivió hasta una cuarta parte del siglo XX, está fincada desde la locura, desde esa enfermedad llamada locura. El padecimiento la ha alcanzado, pero esa condición le permite analizar descarnadamente los acontecimientos de los que pasaron de victimarios a víctimas. Se cumple el viejo adagio de que los locos dicen la verdad.
Al igual que en las diversiones del espíritu, estamos frente a cosas que nos atraen y nos repelen, que nos magnetizan, como esa cuarto misterioso que tememos pero al que queremos entrar. El hombre busca asustarse en la lectura, acercarse a mecanismos de violencia individual y social, a conocer la enfermedad que es la antesala de la muerte. La lectura nos permite entrar a un mundo donde la palabra se erige en paralelo de la vida y es tal su virtud que podemos asistir a la muerte, la única experiencia que es intransferible, porque aun el nacimiento puede ser imaginado a partir de esas caídas vertiginosas que se dan en las primeras etapas del sueño. La muerte puede ser nombrada y vivida en el mundo de palabras de la literatura. En la lectura literaria asistimos a nuestros grandes miedos, a nuestros grandes retos, a nuestros grandes misterios. La literatura no es moral por naturaleza, pero si lo puede ser en su desentrañamiento por parte del lector. De allí que los cuentos para niños sean característicos por su rudeza: matan a la bruja, la meten viva en un tonel con clavos, la avientan desde el cerro más alto. Eso le permite al lector asistir a lo que tememos, a lo que nos puede desbordar como especie. De allí que la literatura funcione como un regulador, como un drenaje en que se exorcizan las grandes pasiones humanas. No es una invitación al mal. Es una invitación a conocerse en los casos límite, como al subirse a la rueda de la fortuna, como al asistir a la lucha libre, como al recibir un dictamen médico. Es el hombre que además de sentidas necesidades materiales, tiene urgente necesidad de satisfacer sus necesidades espirituales. Al hacer esto, el hombre sigue tomando distancia de las otras especies y sigue tomando distancia de sí mismo y así lucha por corregir los excesos. El hombre es el único animal que ríe, conoce, degusta, hace el amor, imagina su mundo a favor y en contra.

5. Los peligros de la lectura
Se dice, y con esto concluyo, que la lectura está condenada a desaparecer y con ella el libro. Se dice que el cine, que la internet, que la televisión, que los juegos electrónicos o maquinitas le darán el tiro de gracia. No estoy de acuerdo. El único peligro real para la lectura radica en la pobreza, en el hecho de que una revista cueste por lo menos 20 pesos y un libro importado llegue a cotizarse en 500 o más pesos. Otro peligro radica en la ignorancia de nuestros dirigentes, quienes confunden el protagonismo con la cultura y llegan a ostentar sus flaquezas como si se tratara de verdaderos valores.
La lectura estará presente mientras los lenguajes científicos diversos tengan que explicarse por la lengua o el idioma de la nuestras comunidades. Los manuales de computación, sean de programas operativos o de paquetes de programas de procesamiento de texto hablan de esta necesidad de leer las diversas modalidades y secretos de los nuevos lenguajes.
La lectura estará presente mientras tengamos necesidad de informarnos, de ampliar nuestros datos y de profundizar en los conocimientos.
Y también la literatura tiene asegurada su vida y su vigencia. Los problemas de la vida contemporánea tienen allí un ámbito que les permitirá la denuncia y la llevada de experiencias de otras comunidades.
Quien lea y quien escriba siempre será peligroso mientras el estado de cosas no mejore o la sociedad no se transforme. El temor está en el manejo de la información, en la pregunta ante versiones encontradas, en la constante de cosas que se esconden y encubren. Eso es lo peligroso, de allí la necesidad de invertir un poco de nuestro tiempo es esto que no nos deja algo en las manos, que en apariencia sólo gasta nuestro tiempo, pero que nos permite satisfacer la necesidad de curiosidad, de conocimiento, de diversión. Por ejemplo, el terrible y censurable episodio de las torres gemelas de Nueva York adquiere otro cariz cuando conocemos los nexos de negocios entre las familias Bush y Bin Laden o nos permiten indignarnos cuando sabemos del interés de los Estados Unidos por el avance de la infraestructura nuclear en Irán que emboza el interés del coloso del norte por el petróleo. O, más cerca aún, enterarnos de que la droga que se produce en América Latina tiene su razón de ser en el consumo interno de Estados Unidos, pero ¿dónde están los grandes capos de la droga en Estados Unidos?, ¿por qué no los retratan o los volantean para que sean apreciados? Ahora resulta que América Latina es la gran corruptora de los jóvenes norteamericanos.
Sin embargo, aquí no se trata de amargarse la vida, al contrario, el conocimiento nos libera de muchos complejos de culpa y pecados ajenos. La lectura a la que no podemos renunciar es a la que nos permite descifrar los enigmas más cercanos a la vida, los que nos permiten tomar el pulso a la realidad, relacionarnos con el amigo, amar a la pareja, a los seres queridos y al prójimo. Es esta capacidad de leer la que se ve beneficiada con los otros tipos de lectura. Sólo de esta manera podremos pasar de un asomarse a la vida a una vida plena.

viernes, 7 de septiembre de 2007


Julieta Campos

recién me enterado de la muerte de Julieta Campos. Qué pena. Recuerdo su novela "Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina", mi zozobra, la incertidumbre ante su lectura, mi poca certeza ante su ejercicio. La leí y realmente nunca estuve seguro de ello. Ahora que me dicen que ha muerto, tampoco estoy seguro de ello y buscaré ansioso nuevamente la lectura para negar que eso haya ocurrido.